Vivir nuestro parto como espectadoras silenciadas: Violencia Obstétrica

Por: María Fernanda Alvarado Bautista

La capacidad de decidir de las mujeres a la hora de parir se queda en la puerta de entrada de los hospitales. De ser protagonistas, pasan a ser espectadoras de un parto donde el personal médico toma las decisiones. Nuestras necesidades y expectativas como mujeres les son indiferentes, pocas veces se les explica lo que están haciendo con sus  cuerpos y ellas no pueden cuestionar el porque nadie les ha preguntado sobre lo que quieren. Hablar de la experiencia del parto significa hablar de angustia e impotencia sobre el trato recibido. Las mujeres hacen un bloqueo psicológico, porque estar conscientes es muy doloroso: ‘hacer lo que te pidan para irte lo más pronto posible del hospital’. 

La violencia obstétrica es un ejercicio de poder del sistema de salud en contra de las mujeres, antes, durante y posterior al parto. Una violación al derecho de reproducirse y fallas en la intervención hacia el cuerpo y la sexualidad.

Existe un desconocimiento parcial sobre cómo funciona el cuerpo de las mujeres. La perspectiva de la atención en el cuidado de la salud y las investigaciones científicas en que se basan han sido escritas principalmente desde la mirada de los hombres y estos mismos han continuado siendo los que toman las decisiones finales hoy en día. Hasta nosotras mismas desconocemos cual sería la manera más cómoda y enriquecedora de vivir estos procesos.

Las manifestaciones características de la violencia obstétrica son: comentarios y actitudes por parte del personal médico castigando y humillando a las mujeres por tener una vida sexual y haber fecundado (por ejemplo, “no te dolía tanto cuando lo estabas haciendo o cuando lo tenías dentro”); separación del bebé de inmediato sin una justificación médica (cuando la interacción inicial es clave para desarrollar un vínculo en la lactancia) ; corte de las trompas de Falopio sin consentimiento; técnicas prohibidas por la OMS como la maniobra Kristeller; falta de información sobre los procedimientos; episiotomías prescindibles; y cesáreas y medicalización innecesarias. Tanto la o él obstetra y anestesiólogo, las y los enfermeros, el personal auxiliar y los camilleros lo pueden ejercer. Incluso sucede en las revisiones ginecológicas anteriores, se pueden dar comportamientos degradantes o enjuiciadores sobre la vida sexual previa.

“El índice de cesáreas es del 60% y se incrementó hasta un 80% durante la pandemia, aunque yo no veo la justificación clara. Las cesáreas son para rapidez del trabajo de parto, y no tener que esperar espontáneamente, ya que solo se programa un día y una hora, y así no interfieran en la dinámica privada del personal médico. Se cobra más por practicarlas lo que incluye que les convenga más económicamente. Más del 70% de las cesáreas son innecesarias”, comparten Aurelia del Carmen Flores Álvarez, médica anestesióloga y consultora con certificación internacional de lactancia; y Paulina Romo, abogada y especialista en Derecho Familiar, acompañante en casos de Violencia Obstétrica; ambas parte del Centro Especializado en Lactancia Materna: Maternidad en Plenitud, para entrevista con el Observatorio Digital.

La posición actual del parto fue diseñada para que quien está atendiendo pueda sentarse en un banco y no estar en posiciones inusuales, para comodidad del obstetra únicamente. Pocas personas conocen que el dolor obliga a estarte moviendo durante el trabajo del parto, a menearte y buscar posiciones que lo disminuyan, lo cual ayuda a que se abra el canal de parto y que descienda el recién nacido. El que te acuesten no favorece o amortigua el dolor, al contrario, cierra la cadera. Aquí es donde aparece la o él anestesiólogo a quitarles el dolor, cuando en primer lugar podría evitarse esta intervención. No se tiene idea de la función del dolor, las endorfinas que se liberan sirven para un equilibrio hormonal durante el puerperio, lo que va a contribuir a mantenerlas tranquilas y permitir que conecten con su bebé y que fluyan el resto de sus hormonas.

En realidad, las posiciones más adecuadas son el estar sentadas, paradas o en posición de cuatro, debido a que la gravedad ayuda y al estar en cuclillas la pelvis se abre y puede bajar el bebé de manera más amplia.

“La atención tradicional en los hospitales es violenta. En realidad, la mujer no debe de estar sola mientras está en trabajo de parto o tener a fuerzas una episiotomía (incisión que se hace en el perineo, el tejido entre la abertura vaginal y el ano, durante el parto). No tienen que presentarse un número tan elevado de cesáreas; una circular del cordón al cuello del bebé no es indicación para cesárea; o no se tienen que tomar acciones apresuradas en torno a las proporciones cefalopélvicas (no pueden saber si el bebé no va a caber hasta el momento del parto). Cuando hablas de esto te enfrentas a toda la comunidad médica, estás exponiendo toda la práctica normalizada. Para las mujeres queda la sensación de que algo estuvo mal, de incomodidad, de estar destrozada, pero se les dice que deben de sentirse “bien” porque están vivas, porque no se murieron. El enfoque debe ser cómo salen al mundo, cómo van a vivir esta etapa del puerperio. Ni siquiera pueden ponerlo sobre la mesa, no conocen que lo que vivieron fueron violencias hacia su cuerpo. Solo lloran y le dicen que no tienen que sentirse mal y que la mayor realización de una mujer es tener un hijo”, expresa Aurelia.

¿Qué factores lo desencadenan?

“Fuimos formadas por docentes a quienes admiramos y respetamos, quienes así hacen los procedimientos y nosotras terminamos replicándolos. Cuando hablas con el personal médico de inmediato salen a defenderse, dices violencia obstétrica y se asustan. No saben que cierta técnica no es necesaria siempre. Además, se nos violenta durante la formación, la especialidad es humillante donde no se respetan tiempos de descanso o alimentación”, comparte Aurelia.

La exigencia a los especialistas en los hospitales es alta. Los horarios son extensos y desgastantes, no hay la cantidad suficiente de profesionistas, sin camas o las salas de descanso para el personal son diminutas. Es un abuso de derechos laborales y un ambiente hostil, lo que ha contribuido a que vean a las embarazadas como no sujetas de derechos o como parte de una estadística de productividad o ganancia, números de pacientes que entran y salen.

“Mientras no se hagan cambios sustanciales en la formación de las y los médicos no vamos a tener una atención humanitaria. Se proyecta hacia ellas la frustración de ambientes de trabajo esclavizantes donde hay una cantidad enorme de pacientes, sin materiales, y sin infraestructura. El culpable es el sistema, la paciente es vulnerable a cómo el profesionista fue enseñado y cómo tiene que trabajar”, señala Aurelia.

Sin embargo, esos son los derechos de la comunidad médica y tienen que visibilizarlos y reclamarlos al Estado, a las universidades y al sistema médico en general. No es una excusa para liberar su estrés y dirigirlo hacia sus pacientes. Es su deber profesional, el trato humanizado no tiene costo y tiene que ser exigible a todas las y los profesionistas de la salud

Aquí también hay que analizar en qué medida las imposiciones culturales misóginas forman parte del pensamiento que tiene el personal médico, más allá de su formación en la licenciatura y en las especialidades. Qué tanto saben sobre la sexualidad, el placer o nuestra autonomía para reproducirnos, es decir la mirada que tienen sobre lo que es ser mujer qué tan cercana está a nuestra realidad.

Las opresiones de clase inmersas

La violencia obstétrica también es un ejercicio de poder, se dan opresiones de clase. 

“En el Hospital de la Mujer me comentaban que todas se sentían humilladas, son mujeres precarizadas o en condición de adicción, a ellas les imponen lo que creen mejor desde su visión, desde personas con un título o con un rango social mayor. La institución está sobrepoblada, en un caso me contaron que solo había una sola anestesia en todo el hospital y decidieron entre todas dárselo a una adolescente que estaba agonizando, ante todo se dio la sororidad, pero tampoco hay que romantizarlo, tendría que haber anestesias suficientes para todas”, dice Paulina Romo.

“Las mujeres con las que he trabajado me han notificado que en instituciones públicas incluso no las han dejado salir si no les ponen un método anticonceptivo, y se relaciona con el clasismo, porque son mujeres precarizadas”, comenta.

Las mujeres están desde una posición de vulnerabilidad, ellas confían en un personal médico que debe priorizar su bienestar, el uso del lenguaje técnico dificulta la comunicación entre ambos lados, o en su defecto, la relación asimétrica de poder imposibilita la abertura  a un diálogo. Puede reducir la posibilidad de riesgo aquellas mujeres que no se encuentran en situación de vulnerabilidad y  tienen acceso a la información o redes de apoyo estables. Aunque aún así, sucede tanto en hospitales públicos como privados, puede haber diferencia en cuanto a la infraestructura, pero las violencias son similares.

La necesidad de introducir partos humanizados a nuestro contexto inmediato

El parto humanizado hace referencia a recurrir a la menor intervención médica posible, parir al ritmo de la madre y el bebé. Suele acompañarse de música, velas, aromas, etc., es decir, crear un espacio íntimo y relajante. Tener un médico acompañando no desde la técnica sino desde la empatía. Lo cual no debería de ser un privilegio o una utopía, así tendrían que ser todos los partos.

En países como Inglaterra, Holanda, España, Dinamarca, y Alemania, es común el uso de las parteras, son ellas quienes atienden y si hay complicaciones recurren con las y los obstetras. Como mujeres, las parteras tienen la habilidad de empatizar. Incluso existen medidas en las que se les dan seguimientos en las casas y hasta permisos de maternidad de un año en ciertos países. 

“Los estudios verifican que los partos en casa son seguros con los cuidados necesarios, pero mi recomendación es que las parteras estuvieran dentro de los hospitales, donde pudieran tener una sala privada: estarse moviendo, con pelotas o telas acompañadas de dulas. El nacimiento humanizado genera menos uso de personal, anestesias, costos en fórmulas, biberones, mamilas, esterilizadores”, dice Aure.

No obstante, nuestro contexto de vida como mexicanas no facilita este estilo de parto, no todas viven cerca de un hospital o tienen acceso a pagar estos procesos, ya que pueden ser más caros. Lo cual es irónico porque nuestras ancestras nacieron en realidad en un ambiente tranquilo, en casa o lejos de intervenciones médicas tan invasivas, y ahora parece ser un privilegio para unas cuantas mujeres.

También es fundamental que las parteras se actualicen y tengan una formación válida, introducir regulaciones a su ejercicio práctico.

No pueden elegir si hacer valer mis derechos o no

La ley general de acceso de las mujeres a una vida libre de violencia establece que tenemos el derecho de elegir en qué posición tener a un bebé, y claro si hay complicaciones médicas se tiene que notificar para llegar a un consenso. Está establecido en la norma oficial mexicana para la atención al nacimiento que la mujer tiene que estar acompañada y sin la obligación de estar acostada.

“La violencia obstétrica se puede denunciar ante el ministerio público, el Centro de Justicia para Mujeres, o en la Comisión Estatal de Arbitraje Médico. Se identifica a través de que se manifiesta en ciertos delitos como lesiones dolosas o culposas, o si hubo homicidio u otras situaciones de riesgo por negligencia médica. Se pueden acompañar de asesoría jurídica para denunciar y es muy útil tenerlo documentado. Está contenido a nivel nacional y estatal, incluso en el Código Penal del Estado. Entiendo que muchas abandonen el proceso por lo cansado que es. Aún así, aquellas a las que les di cursos o asesorías, ya reconocen el daño que les hicieron en su primer embarazo, así en los siguientes embarazos y partos ya llegan a exigir. Es su derecho, no pueden decidir si hacerlo valer o no”, finaliza Paulina Romo.

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