¿Cómo afecta la migración jornalera a niñas, niños y adolescentes?

Año con año, niñas, niños y adolescentes de pueblos originarios del sur que viven en precariedad migran con sus familias para trabajar en los campos agrícolas del centro y norte del país. De acuerdo con información publicada por la Red Nacional de Jornaleras y Jornaleros Agrícolas, en el país hay 3 millones de personas que trabajan en el campo y aproximadamente tres de cada diez son niñas, niños o adolescentes.

En Guanajuato, el Centro de Desarrollo Indígena Loyola (CDIL) acompaña a la población mixteca del estado de Guerrero. Para este organismo, el fenómeno de migración es una especie de “desplazamiento forzado”, ya que las familias salen de sus hogares debido a las pocas posibilidades de desarrollo en sus comunidades y en búsqueda de un panorama mejor, que tampoco encuentran como jornaleros en los campos agrícolas, dijeron en entrevista Fabiola Hernández Hernández y Florencia Martínez Sánchez, acompañantes del CDIL.

“Las familias viajan de su lugar de origen para trabajos sin seguro social, en viviendas que están en obra negra, sin espacios para la educación de sus hijas e hijos y sin una red de apoyo”, agregaron.

Otra situación que ha incrementado la migración es la presencia del crimen organizado en los municipios y comunidades que ponen en riesgo constante la vida de las y los integrantes de las familias.

En la mayoría de los casos quienes trabajan en el campo son las mujeres y los hombres, sin embargo de acuerdo a la experiencia del CDIL depende del producto que se coseche es la demanda de los agricultores. Por ejemplo, generalmente en el corte de chile participa toda la familia, en la fresa solo los hombres, para las berries prefieren a las mujeres y a las niñas.

Sin opciones  

Hay dos situaciones por las cuales las madres y padres jornaleros viajan con toda su familia y no contemplan la posibilidad de dejar a sus hijas e hijos en sus lugares de origen, contaron Fabiola Hernández y Florencia Martínez.

Una es porque en sus comunidades no existen las condiciones sociales para que las y los niños y adolescentes estén seguros, alimentados, asistan a la escuela. La otra tiene que ver con que la migración dura meses o a veces años completos y para las madres y padres es importante asegurarles a sus hijas e hijos el derecho de estar con un cuidador primario.

En los campos donde las mujeres y hombres adultos son quienes trabajan recogiendo en los surcos, son las y los hermanos mayores quienes cuidan de los más pequeños, este es un trabajo esencial que se invisibiliza como parte del fenómeno de la migración agrícola.

“Este trabajo que realizan principalmente las niñas contribuye a la economía en el campo, porque si ellas no cuidaran a los más pequeños las familias no podrían cortar, a veces pensar en el sujeto jornalero invisibiliza a las otras personas que forman parte de esta actividad económica”, aseguró Florencia Martínez.

Los derechos violentados de niñas y niños jornaleros

El panorama de pobreza, carencias y discriminación no mejora para las familias migrantes jornaleras al llegar a sus lugares de trabajo; al contrario, en este entorno las niñas, niños y adolescentes ven violentados sus derechos básicos de manera constante.

Los estados del centro del país como Guanajuato, Jalisco y San Luis Potosí, que no cuentan con programas de apoyo para esta población migrante. Por ejemplo, las y los niños no tienen acceso a educación, a una adecuada nutrición, atención de salud y vivienda digna.

Las familias llegan a vivir a casas en obra negra, sin luz, agua, ni drenaje. O en algunos casos a bodegas que les prestan los mismos agricultores donde llegan a vivir hasta doce familias de diez integrantes cada una, que dividen sus espacios con cobijas o lonas de plástico.

La migración cambia por completo las posibilidades y las formas de alimentación de las personas, dejan atrás todos los productos de la tierra por los de la tienda de abarrotes que tienen cerca y les alcanza para comprar.

“Las familias nos decían que tenían la sensación de que lo que consumían no era suficiente y lo que les daban a sus hijos en el día tampoco entonces nosotras concluimos que la mayoría de las familias viven inseguridad alimentaria y es contradictorio porque son quienes recogen las cosas del campo que nosotros comemos”, argumentó Fabiola Hernández.

En materia de salud, las y los niños jornaleros padecen infecciones gastrointestinales, de las vías respiratorias, conjuntivitis y hongos en la piel. Mediante el apoyo de organizaciones como el CDIL reciben atención médica en los centros de salud, pero no siempre les dan medicamentos y otro problema es que no les explican en su lengua original cómo cuidarse.

En Guanajuato, específicamente en León, el CDIL es la única organización que hace acompañamiento a familias migrantes jornaleras, muchos de sus programas los desarrollan en conjunto con las universidades y el apoyo de prestadores de servicios y han hecho gestiones con las autoridades tanto municipales como estatales y federales, sin embargo, hasta ahora el trabajo sigue siendo insuficiente.

“Hacen falta acciones articuladas con programas, presupuesto, políticas públicas adecuadas a las verdaderas necesidades de las personas y familias jornaleras y que no sea una acción de asistencia humanitaria que responde a la emergencia y al momento como es hasta ahora”, puntualizaron las activistas.

Fotos: CDIL

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