La niña que fui

Por Evelyn Brito

“Para curarse hay que volver al punto

de partida, al lugar, al tiempo en que se produjo el accidente,

el golpe, la marea de palabras o de actos que impactaron

contra una y la vaciaron por dentro, dejándola así: una caña seca

donde ni los insectos buscan refugio

o alimento”

Extracto del poema La mujer sin cabeza, de Claudia Masin

Mi padre fue obrero en una fábrica de azúcar, iba al trabajo en bicicleta, a veces cuando mi hermano o yo dejábamos la bici ponchada, se iba caminando. Lo abrazaba fuerte antes de irse, pensaba que mis abrazos eran una especie de escudo que podían protegerlo de algún accidente, porque para mí, el amor hacia él consistía en una fuerza demoledora contra cualquier mal.

A mi padre le gustaba ver el box en la televisión, yo me acostaba en sus piernas, me dormía y me despertaba, pero siempre allí acompañándolo;  teníamos un ritual para los sábados: antes de la función de boxeo nos íbamos a cenar a la taquería, me llevaba tomada de la mano mientras yo iba pateando piedras por el andador o hablando a los perritos. Mi padre caminaba erguido mientras saludaba a las personas. Un sábado en el que esperábamos una pelea de box, nos llevamos la sorpresa que en el primer round noquearon a nuestro favorito, entonces reíamos porque estábamos muy llenos como para irnos a dormir, hoy en día, recordamos esa anécdota y volvemos a reír.

Él nunca descansaba, tenía una granjita de cerdos y sus ratos fuera de la fábrica los pasaba allí, los fines de semana compraba pescado y lo vendía en un triciclo. Cuando llegué a la adolescencia pensaba que a él no le gustaba estar en familia y que por eso trabajaba mucho. Los pasos de mi padre ya no tienen la ligereza de antes, recién cumplió 72 años, mi amor y mis besos lo protegieron de los accidentes en el trabajo, pero no de los años.

Por otro lado, recuerdo que mamá era experta para sacar cuentas, no sabía leer pero sí sabía escribir números, podía sumar y restar en su mente mientras yo buscaba un cuaderno y lápiz; vendía ropa, gallinas, pollos, podía llegar a vender hasta arena en el desierto. Los viernes que eran los días de pago, me iba con ella a cobrar lo de la venta semanal y volvíamos de noche, mientras caminábamos le decía señalando al cielo: “Mira má, la luna nos sigue, le gustamos, nos quiere porque ella está sola y nosotras estamos juntas”.

Me gustaba hacer reír a mamá y verla reír, porque se le hacían unos hoyuelos en sus mejillas; mis amigas dicen que me parezco a ella, no en los hoyuelos, sino en los gestos y muecas al hablar.

Un día pensé que ella y yo seguiríamos caminando bajo la luna muchos años, hasta que yo fuese viejita y encorvada. Pensaba que llegaría a ser grande y que mi hermano y mi hermana y yo, seguiríamos cerca, que nuestras preocupaciones serían cómo programarnos para que cada quien viera lo que quisiera en la tele.

Cuándo era niña era ingenua, más no ignorante, sabía a quienes les “caía mal” por hablar mucho y preguntar todo; hoy en día siento miedo de que cambie mi forma de ver a las niñas y niños, hablo de esa mirada con que los adultos ven a las niñas cuando preguntan mucho, es como un reflejo automático en el que voltean la mirada al cielo, dejan los ojos en blanco y tuercen la boca, en señal de hartazgo; no quiero verme nunca reflejada en esa situación, mi niña interior me lo reprocharía.

La misma vida adulta se ha encargado de que pierda frescura, pero no así la ilusión y esperanza, ambas las recupero leyendo poesía y creo, como Emil Cioran que “solo existe un fracaso: dejar de ser niño”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s