Las niñas y niños tampoco olvidan

Por Laura Orozco

En esta ocasión nos ocupa el tema de la niñez en cuya realidad hay múltiples problemas totalmente invisibilizados debido a la situación social  y de violencia en el país. Estos problemas existen en distintos ámbitos de la vida familiar, escolar y/o comunitaria, ocasionados por distintas razones. Por ejemplo: las niñas y niños que sufren discriminación con base en su condición socioeconómica o por no contar con oportunidades reales para desarrollar su proyecto de vida, sufrir abusos, violencia o explotación por parte de grupos criminales y en enfrentamientos con agentes del Estado, entre otros. Lo cierto es que cualquier tipo de violencia que padezcan, y por las razones que sean, se trata de una afectación integral en sus derechos.[1]

Razón por la cual me centraré en la situación y afectación que se presenta cuando  padre, madre o  ambos son parte de la cifra de personas desaparecidas en el país, una experiencia traumática a la que nadie -o casi nadie- le ha dado importancia, porque lo urgente en el momento es la búsqueda, que puede prolongarse por 10, 15 años y en algunos casos durante toda la vida. A las y los niños de la familia  les toca enfrentar en soledad el hecho traumático, y en ese proceso hay quienes de manera resiliente logran hacer cosas positivas con lo que desafortunadamente les tocó vivir, pero también pueden canalizar de manera negativa ese evento traumático resultando después en otros problemas de violencia.

Y es que cuando quedan en la orfandad, generalmente son las abuelas maternas, paternas y algunas veces parientes de segundo grado quienes quedan a su cargo y cuidado sin que las niñas y niños sepan de lo ocurrido, pues se imponen silencios casi expresos para hablar del tema, por lo tanto, tampoco se habla ni se tratan los impactos que genera el evento de la desaparición.

En la mayoría de los casos, las personas adultas consideran que es mejor hacerles olvidar porque pareciera que es menos duro de afrontar, y no solo de manera individual sino también socialmente, pues frente al estigma de la desaparición el hecho parece vergonzoso, discriminatorio e incluso más violento en una sociedad que continuamente prejuzga a las personas desaparecidas con múltiples calificativos que nada tienen de cierto; lejos de ser solidarios y compasivos con las niñas y niños que ya de por sí sufren la ausencia y los ajustes para acoplarse a una nueva vida, en muchos casos incluso cambio de residencia y en algunos otros maltrato por las familias que les acogen.

En algunos otros casos, a las niñas y niños se les hace creer que su madre o padre se encuentra en  Estados Unidos, pero que igual vendrán pronto. Esto ocurre porque las familias no encontraron un modo menos difícil y duro de justificar la ausencia, simplemente no pudieron decirles la verdad, y entonces cuando la espera es demasiada empiezan las preguntas más difíciles.

Como dice Carlos Beristain, un psicólogo que durante muchos años ha acompañado estos procesos: “las niñas y niños preguntan solo para reafirmar lo que ya saben”. Y es que cada familiar, de acuerdo a sus contextos y vivencias, enfrenta de manera diferente la forma de hablarlo con las niñas y niños, o como dije antes, no hablarlo porque muchas veces ni siquiera las personas adultas entendemos qué fue lo que ocurrió.

Como parte de las acciones de documentación y visibilización dentro del Colectivo Familiares Caminando por Justicia realizamos talleres de derechos humanos en escuelas primarias, en los que concluimos con un mural sobre lo que es la desaparición. Así se forma un puente de trabajo y comunicación donde nos damos cuenta de todo lo que las y los niños tienen que decirnos: la cantidad de información que tienen sobre hechos violentos respecto de asesinatos, desapariciones y otras violencias, que muchas veces ocurren dentro del núcleo familiar. Quienes asisten a estos cursos refieren también sus miedos, inseguridades y cambios en su forma de vivir, como: “antes salíamos a la calle a jugar, ahora no nos dejan”.

Impartir talleres es una actividad que nos ha servido para conectar desde el lenguaje de ellas y ellos y validar sus emociones e identificar la incertidumbre que les genera aquello que se les oculta por no enfrentarse a esos cuestionamientos que lastiman. Por ejemplo, en los casos de quienes vivimos con hijas e hijos de padre o madre desaparecidos/as, cuando preguntan ¿cuándo regresará papá/mamá?, nos dejan tieso el corazón, no sabemos qué contestar porque no pretendemos darles ni quitarles la esperanza, pero debe haber sin duda una respuesta.

En una ocasión, mi sobrino Leonel -hijo de mi hermano Moisés, quien está desaparecido desde hace años- participó en esos talleres. Ya en confianza con sus compañeras y compañeros, les compartió algo que no he podido olvidar, dijo: “Yo recuerdo mucho que no me quería quitar nunca de la puerta porque todos los días, cuando alguien tocaba, esperaba que fuera  mi papá”. Quizás a ocho años de la desaparición de Moisés, Leonel no ha perdido la esperanza de que eso suceda, pero ya no aguarda en la puerta.

En nuestra experiencia personal hemos aprendido que lejos de ocultar lo sucedido debemos hablar con sinceridad, porque así la niñez que nos acompaña aprenderá a confiar. Leonel, por ejemplo, disfruta escuchar cómo es su padre en cuanto personalidad, trabajo, cómo haría o hacía las cosas, las travesuras, cariños y regaños que le hacía cuando estaba con él. Considero que esta parte es sumamente importante porque es  memoria, es identidad, es darle significado a ese nombre y hombre con quien tiene una relación de sangre y parentesco. Recordemos que la desaparición tiene por objeto borrar y si no recordamos se cumple el objetivo. Además, nombrar a quienes no están es una manera de dignificarles como sujetos de derechos, de ahí se desprende también la exigencia de que regresen con vida, pues hay otras vidas que les esperan para compartir, educar y formar.

Al desaparecer algún familiar, desaparecen también los proyectos de vida de las hijas e hijos que quedan y que pueden llegar a enfrentar la deserción escolar, trabajo forzado, la disfuncionalidad de las familias, drogas, alcohol y violencia, entre muchos otros problemas.

Problemas que el Estado no atiende. No existen políticas públicas que ayuden de manera integral a las niñas y niños, y cuando las familias a su cargo solicitan el apoyo les remiten a la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV), en donde lo único que hacen -en el mejor de los casos- es brindar apoyo psicológico sin un enfoque psicosocial con un número de sesiones que se limita a 5 o 10 para considerar que las familias afectadas pueden regresar a su vida normal.

A nivel nacional ni siquiera existe un registro de cuántas niñas y niños se encuentran en dicha situación, por lo que puede parecer  que no existen, y ni qué hablar de quienes nacieron poco después de la desaparición, los problemas de identidad legal y social surgen después para el reconocimiento, herencias, y otros asuntos., realidades en las que antes de la cuna ya existe para ellos/as un futuro incierto.

Nos queda entonces frente a ese panorama recuperar la memoria de esas infancias para su vida, una memoria que les ayude a afrontar y tomar el sentido de vivir con dignidad y amor. Incluso  formarles políticamente para que comprendan la realidad que les tocó vivir y con ello puedan acercarse  a transformarla. Como sociedad nos falta recuperar la empatía con el sufrimiento, pues hay un muy mal dicho que más o menos dice así: “De que lloren en mi casa a que lloren en la del vecino, mejor en la del vecino”, que me parece espantosamente egoísta porque pareciera que estamos perdiendo la humanidad, y los medios de comunicación tienen una gran responsabilidad en esto, pero si hoy es el vecino, mañana seremos nosotros/as.

Por memoria, verdad y justicia.


[1] CNDH, “Estudio niñas. Niños y adolescentes victimas del crimen organizado en México”, Ciudad de México, 2019.

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