También es maternar

Por Adriana Rodríguez Ruiz

Aborté a los 25 años. Hoy, a mis 31, he decidido que no quiero ser madre, por lo menos no quiero procrear. Pese a que fue un proceso física y emocionalmente doloroso, nunca me he arrepentido. De hecho, recuerdo cómo un vapor transparente y ligero me llenó el vientre de alivio cuando el procedimiento de interrupción hubo terminado. Es algo que me gusta imaginar, yo sé que no hubo tal vapor y que, si sentí calor, fue por el té de manzanilla que nos dieron antes de salir de la clínica. Creo que para calmar los calambres entre la vagina y el corazón. Esto sucedió en una Marie Stopes en la colonia Roma de la Ciudad de México. Fui allá porque el tratamiento con pastillas que tomé aquí en Aguascalientes, sola, en mi casa, no funcionó y porque, sí es importante reconocerlo, tuve los recursos económicos y afectivos (léase mi madre) para trasladarme y hacerlo con acompañamiento legal. Decidí ir. Quiero creer que todas las que estábamos ahí habíamos decidido ir. No puedo asegurarlo pero lo creo. Aun así, recuerdo que ya en la última habitación de las muchas que recorrimos, la del té de manzanilla y los sillones acolchonaditos, varias lloraban. Sus caras se inflamaban rojas y húmedas. En el silencio que compartíamos, algunas nos mirábamos, otras nos sonreíamos; desde nuestros lugares y sin movernos, nos abrazábamos. Creo que ese es un momento de amor y alivio que nunca he logrado describir con precisión.

            El golpe de tristeza me llegó después. Días después, semanas después, meses después, años después. Pensar en cómo habían sucedido las cosas me dolía. A esto se le sumó algo que yo llamé duelo hipotético. Insisto, nunca me arrepentí de la decisión. Pero en la imposibilidad de lo imaginario una parte de mí se fracturó por aquello que decidí que no sucediera. Que no existiera. De esto no pude hablar mucho. Cuando lo intenté, una suerte de responsabilización de los daños me censuraba. No se me permitía estar triste o dolida. Como si el simple hecho de haber interrumpido el embarazo me prohibiera tener un duelo al respecto. Como si la contradicción, la incongruencia y la complejidad, inherentes a los seres humanos, fueran canceladas de este cuerpo que decidió no gestar.

            Hace unas semanas terminé de leer La hija única, de Guadalupe Nettel. La novela narra las historias de Laura, Alina y otras mujeres que circundan en la maternidad. En el octavo mes de embarazo a Alina le anuncian que su bebé morirá al nacer, enfrentándola a un duelo prematuro. Laura, que ha decidido ligarse las trompas, se involucra afectivamente con el hijo de su vecina. Mientras tanto un nido se aloja en el balcón con dos huevos distintos. Al deshilvanarse los conflictos de cada una de estas mujeres, nos cuestionamos asuntos como la maternidad biológica, las labores de cuidado, la abnegación de las madres, el instinto maternal, entre otros temas. Que ser o no madres no es lo único que nos hace existir. Que la maternidad adopta otros vocablos. Que pueden o no maternar las madres, las tías, las amigas de las madres, las niñeras, las nanas, las maestras, las vecinas, las abuelas, las hermanas, las parejas, las mujeres.

            Lo que es maravilloso de la novela de Nettel es que explora las maternidades, en plural. Nos hace evidente que el mandato de la hegemonía, esa forma de ser Madre, con mayúscula, a nivel práctico casi nunca se sostiene como absoluta. En las posibilidades del desdoblamiento se esconde un espectro infinito de emociones, respuestas y acciones que no son contempladas por el sistema patriarcal. Madre es la que pare, nos dicen. Por eso es que me sentí tremendamente errada los primeros meses desde que interrumpí mi embarazo. Sentía un dolor por algo inexistente. Tú no eres madre, me dijo un hombre, no te puede doler esto. Un cortocircuito en mi sistema afectivo me dejaba sin habla. Con el tiempo, gracias a las lecturas de autoras como Belén García Abia, Jazmina Barrera, Luna Miguel, Anaité Ancira, Guadalupe Nettel, entre varias más, asumí que las redes de maternidad que practicamos las mujeres son variadas, diversas, ricas, distintas, espontáneas, deliberadamente decididas, muchas, pocas, nulas, pero nunca hegemónicas.

            Antes de que el 2020 terminara nos llegó una noticia que alumbró de esperanza al mundo. Después de años de lucha, resistencia y fuerza, Argentina hacía legal el aborto. Atendiendo a una cuestión de derechos humanos y salud pública, el movimiento de la marea verde dio un paso definitivo en la lucha por los derechos de las mujeres y las personas gestantes. Yo espero que, con el tiempo, estos marcos legales no sólo nos protejan de la muerte en clandestinidad o de la privación de nuestra libertad por el ejercicio de decidir sobre nuestros cuerpos, sino que también legitimen nuestra praxis en los afectos, en las relaciones y en nuestra concepción de lo que significa maternar.

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