Sombra árida

Por Jessica Valenzuela

A veces, cuando estoy dormida, me despiertan los ruidos de la noche. No me levanto de la cama, me quedo ahí. El ruido nubla mi cabeza y se disipa la fatiga.

Tumbada a su lado, mientras oigo su respiración que me calma, repaso los rayos del sol, el calor sofocante, la calidez de su cuerpo y sus rizos que crecen por primera vez y esos ojos que contienen la noche. También me rodean las preguntas, las dudas, los titubeos, las certezas, los miedos y las verdades sostenidas ante la bravura de los otros que están ahí, en secreto.

Y en ese diálogo sostenido con mi propia oscuridad, he dicho no, te sostendré a ti y solamente a ti… porque aunque nuestras manos han regado a la madre tierra, las bestias van a su paso devorando todo lo que es nuestro. Porque temo el día en que el último árbol de la tierra no pueda dar sombra y los ríos se hayan levantado en polvo persiguiendo una ilusión de lo que fue.

Lo he decidido, serás solo tú.

Mi Luna.

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