Ni la tierra ni las mujeres son objeto de consumo

Por Susana Rodríguez

Cada persona lleva dentro de sí un fragmento de la madre tierra, es por eso que cada acción que atenta contra el entorno natural repercute en la calidad de vida de la humanidad. Para Mara Ruiz Esparza de Luna,activista medioambiental, como especie tenemos la responsabilidad de resolver los daños que hemos causado.

El respeto por el entorno es una cadena que inicia cuando las personas sienten empatía por alguien más, después por los animales -generalmente los más cercanos, como los domésticos (perros y gatos)- luego con los que no les son tan afines como los insectos, y finalmente por las especies vegetales. Pero, desafortunadamente, la mayoría de las personas no viven este proceso de toma de conciencia.

La activista cuenta que tenía alrededor de nueve o diez años cuando tuvo su primer acercamiento con temas de medio ambiente, en un taller de verano impartido por la bióloga y activista, Guadalupe Castorena Esparza, quien a través del tiempo y las coincidencias se convertiría en su mentora y fuente de inspiración. 

“Me acuerdo mucho que ella me invitaba a los trueques y yo le decía, si luego voy, o a las juntas de Cobos… y desde el día que fui, continué yendo durante bastante años”, dijo.

En esas reuniones descubrió a otras compañeras que luchan por otras causas, todas relacionadas con el medio ambiente. Quienes participan en las acciones de protección del espacio ambiental son ellas, las mujeres.

Aunque las luchas de cada una son diferentes, hay cosas que las unen, para Mara una de las más importantes es que las activistas defienden el medio ambiente porque buscan un espacio de vida digno para sí mismas y para las personas de su entorno.

“Al inicio yo pensaba que la finalidad de la lucha era que los animales tuvieran un lugar donde vivir, pero a la larga te das cuenta que si bien deseas que estén bien todas las especies, es una lucha por las personas y para las personas, porque necesitamos tener un espacio digno”, agregó.

La historia comprueba que las culturas prehispánicas tenían como parte central en su forma de vida una sana relación con la naturaleza, a través de la preservación y cuidado de las diferentes formas de vida.

Por nosotras, por una vida digna, por la tierra.

“Para nosotras, hablar de economía feminista es reivindicar y visibilizar el trabajo del cuidado, es apostar por la recuperación y la defensa de la Madre Tierra, destruir la visión mercantilizada del cuerpo de las mujeres”, dijo la activista salvadoreña María Elena Alvarado, de la organización Mesoamericanas en Resistencia por una Vida Digna, en una entrevista publicada por la revista Pueblos.

Esta es una idea que permea en las mujeres dedicadas a la protección de la tierra, el agua, las especies animales, vegetales y cualquier otra forma de vida. Para Mara Ruiz Esparza de Luna el origen etimológico de la palabra economía es “cuidado del hogar”, ese que es la Madre Tierra y del cual nadie puede ser indiferente.

Y, para las mujeres que en un mundo patriarcal padecen los abusos de la concepción del cuerpo como mercancía, la defensa del cuerpo se vuelve la defensa del territorio y viceversa.

“Yo no quiero ser tratada como un objeto, yo no quiero ser un objeto de consumo, yo no voy a someter a otras especies – de consumo humano como dicen- a eso que yo no quiero ser, yo no quiero ser un cuerpo que ponen a reproducirse o un peón más en una industria, una empresa o una institución”, argumentó.

Para hablar de este proceso en el que los animales y la tierra misma se vuelven un objeto de consumo, la activista puso como ejemplo una práctica muy propia de las empresas productoras de huevo, que es dejar a las gallinas toda la noche con la luz encendida para tener mayor producción. O los niveles de explotación que sufre la tierra en sí misma, con los monocultivos, la ganadería intensiva, los parques fotovoltaicos, las minas y las presas, que provocan daños contra todas las especies del planeta.

En el documento “Guía Metodológica para Mujeres que Defienden sus Territorios”, publicado por el Colectivo Miradas Críticas del Territorio desde el Feminismo, se mencionan diversos ejemplos de cómo afectan los proyectos de explotación de agua a hombres y mujeres, de manera diferente. Al ser ellas por tradición las únicas encargadas de los cuidados en la familia, la falta de agua les hace el trabajo diario más complicado, deben asumir el riesgo de los cuidados de más personas enfermas debido a  la escasez del vital líquido, y corren mayor riesgo al estar en contacto con agua que pudiera estar contaminada con sustancias tóxicas, entre muchos otros peligros.

Como parte de su viaje en el activismo medioambiental, Mara Ruiz Esparzadejó de comer carne y cualquier derivado de origen vegetal basada en la ética animal, ambiental y de consumo responsable. Desde esa perspectiva, evitar el consumo de dichos productos es para ella no ser partícipe de la cadena de explotación animal en la que están involucradas las especies de granja, la deforestación que implica el cuidado de las especies animales, y un consumo responsable para hacer el menor daño posible a la tierra.

Un tótem que deja huella en la Plaza Outlet.

En Aguascalientes, a finales de febrero del 2017, la delegación de la SEMARNAT autorizó la tala de 221 árboles para la construcción de la Plaza Outlet en la parte oriente de la ciudad. Este hecho, nombrado como ecocidio, suscitó manifestaciones de la sociedad civil. Después de todos los árboles que fueron talados, uno sobrevivió.

Mara cuenta que hace unas semanas pasó por el lugar y, al caminar justo frente al sitio donde se encuentra el árbol sobreviviente, le llamó la atención una máscara parecida a un tótem que el árbol tenía colgada. De acuerdo con lo que le comentó el vigilante de la zona, una niña  se la dió para que se la colgara, una señal de proteger a ese árbol con urgencia.

“El cuestionamiento es qué derecho tiene una persona a quitarle su espacio a una vida vegetal que tiene mucho más tiempo que ellos”, enfatizó.

De acuerdo al Reglamento de Protección al Medio Ambiente y Manejo de Áreas Verdes del municipio de Aguascalientes existe la posibilidad de que las autoridades municipales declaren “Árbol Patrimonial” a aquel que cuente con valor paisajístico, etnológico, artístico o de monumento natural.


El sobreviviente de la Plaza Outlet cuenta con estas características y para asegurar su vida sería importante que las autoridades hicieran cumplir esta atribución, porque de lo contrario es tiene un riesgo latente de ser talado en cualquier momento, agregó la ambientalista.

El caso de la Plaza Outlet en Aguascalientes fue evidente y visible, pero la tala de árboles y la eliminación de espacios verdes sucede también en lugares no visibles, donde deforestan zonas enteras que se convierten en fraccionamientos precarios, con casas pequeñas donde viven muchas personas y esto hace que las zonas habitacionales se vuelvan indignas y con riesgos de violencia.

Por eso, los proyectos o megaproyectos de desarrollo generalmente atentan contra la preservación del medio ambiente. Hay, a lo largo del país, poblaciones en resistencia para defender su lugar, origen y espacio de vida, evitando una cadena de violencia que comienza con el espacio natural y termina con la imposibilidad de una vida digna para las personas. 

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