Veneno para las hadas

Por Mariana Ávila Montejano

Hablemos de impunidad. ¿Acaso es medible? Podemos hacerlo a partir del número de procesados, de sentenciados, de denunciados, o del número de personal del sistema policial y de justicia contratado, como lo plantea el Índice Global de Impunidad elaborado por la Universidad de Las Américas de Puebla (UDLAP).

Pero lo cierto es que cuando se caminan los pasillos de las salas de audiencia, el miedo para las familias o para las mujeres que fueron víctimas ya no se encuentra únicamente en que el agresor salga libre, sino también en el hecho de pensar en el tiempo durante el que se tendrán que recorrer los mismos pasillos (que pueden ser meses, o hasta años), porque es la única manera para justificar el sueldo de los que no pueden juzgar. Porque no saben, porque no quieren.

Hace tiempo (y quizás es igual ahora), durante los mítines se presentaban elocuentes discursos sobre la violencia social, sobre la lucha de clases y las oposiciones. Se hablaba de la impunidad como un efecto del sistema necro político de nuestro país, parcialmente como un efecto de la corrupción que compraba juicios y puestos. ¿Cómo es posible entender que lo evidente para la sociedad, no era igualmente evidente para un grupo de jueces, de ministerios públicos, de policías ministeriales, de jefes, de directores? Entonces la respuesta que podía ayudar a no desquiciar o psicotizar a la población era hablar de la corrupción, pues de esta manera algunos podían apelar a la inmensa pobreza y a la descomposición social. Quizá también se podía abordar como una guerra de ricos contra pobres, de poderosos contra débiles, pero siempre evocando a la desmemoria sobre cómo se construyó su “civilización”.

Conforme pasa el tiempo se va entendiendo que la impunidad es el mecanismo, no el mensaje: es el medio para la desesperanza. Es lo que se tiene que alimentar para justificar las armas que circulan entre los gobiernos, así como para justificar los altos sueldos de magistrados y jueces. La impunidad es lo que pueden utilizar desde sus indicadores para justificar generaciones de jóvenes precarizados armados llamados Grupo Élite, Grupo Zeta, Guardia Nacional, o como mejor se les ocurra.

Ahora, incluso entre su ingente trampa, los gobiernos reciclados piden el perdón bajo la sombra de 70 mil desaparecidas y desaparecidos. Piden el olvido de 11 mujeres y niñas asesinadas cada día, mientras se llenan las calles de armas y veneno para las hadas.

Es posible ponerles nombre a los agresores; se ha señalado a quienes han cometido cada una de las violencias contra la tierra, contra las niñas, los niños y las mujeres. En cada lugar podemos identificar a las personas involucradas, a las instituciones que fortalecieron la violencia, que no hicieron, que ocultaron, que fueron omisas. Destruyen vidas desapareciendo y asesinando, trabajan para desgastar diciendo, desde las academias y desde las instituciones, que la justicia se deposita en el número de sentencias y en el número de castigos. Sin embargo, es visible que su sistema necro político educa para la sumisión a base de castigos y de premios, y que eso solo fortalece sus mecanismos de impunidad para robar la esperanza. Debo mencionar que, aún con todo en contra, las mujeres nunca han desistido ni dejarán nunca de luchar. Existen quienes miran que éste es un genocidio silencioso, que las niñas y los niños se alimentan de cristal porque las personas adultas están pariendo horas de trabajo y de capital.

La respuesta es organizarse, nombrarse. Es no olvidar y recuperar el camino para la paz, no desde la desmemoria, ni desde su propuesta, ni desde sus caminos.

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