Memoria asistida

Hubo un tiempo en que estaba convencida de que yo era “… pan, paz…”, y que podía dar más. Tarareaba la canción y la disfrutaba mucho. En ella imaginaba que lo divino y lo terrenal podían habitar el mismo cuerpo; el mundo entero, sí, pero sobre todo el mío, con un tono casi soberbio.

Caminé muchas historias en esta vida; a veces pienso que fueron varias vidas. Descubrí cielos y mares con mis sentidos, los disfruté con mi cuerpo y los almaceno como joyas en mi mente, esa mente que pocos soportan nombrar como una, porque es una y no uno.

Después olvidé, poco a poco, esa canción. También olvidé apagar la estufa y tomar mis pastillas. Entonces empecé a revisar los espejos y a sufrir lo cotidiano de ser más pan… ¿qué paz? Apareció la grieta y aún no encuentro el puente.

Solo sé que puedo mirarme en lo inmaterial y que algunos días soy cascajo, y otros, soy vida.

Entonces empecé a mirar mi vientre, entre abultado e incierto. Reconocí esos bailes incompletos, esos truenos en medio de la llovizna; quiebres que, por fin, mi cuerpo se atrevía a pronunciar ya no en voz baja. Dolores que me hacen pensar en el rechinido de un escalón y, al mismo tiempo, en la presión de una lavadora cansada y desgastada.

Volvió a mí la necesidad de recordar aquella melodía. Es la mejor fotografía de mis memorias; la película que vuelve cada vez que escucho esa canción. Entonces le hablo a mi cuerpo: ven, anda, dime qué te está pasando porque hoy no logro entender nada.

Mi cuerpo hoy es como un árbol de largas ramas. Algunas se dejan bailar por el aire sin el menor interés de pelear con las formas ni con la gravedad; otras, altaneras, saludan a quien se atreve a mirar el cielo y todavía sabe contemplar. Todas son capaces de regalar una deliciosa sombra que, por un instante, parece hacernos olvidar el calentamiento global. Sí, así me veo a menudo.

March of May: Tetsuhiro Wakabayashi.

Hoy pude salir a caminar. Incluso me reí de mí misma.

Aunque cada día sueño más con la posibilidad de haber impulsado en mi país la ley desde la dignidad, otros días solo pienso que hoy estoy del otro lado del mundo. Salí de la zona que ruge de luchar y vine al bosque con la posibilidad de podar el árbol sin dolor, de volver a mirar el sol y sentir la brisa una vez más. Ya sé, me entiendo. Me excuso de tantas ideas fabulosas, tan creativas como confusas.

Algo pasó entre tanto y todo. De pronto me sentí como una puberta. Hace unos meses me dieron ganas de recorrer todas las despedidas que ya tenían fecha. Era tan exquisito ese sentir. Me sentía como esa rama bailando con el aire, primero suavemente y luego con fuerza. Todo mi cuerpo sonreía.

Mi vientre, dispuesto para sentir; mi cuerpo, tan cansado de lo que debe, y mi mente, tan llena de lo que todavía puede ser.

Hoy sólo quisiera volver a bailar, ser poderosa y radiante. Pero reviso el cuaderno: anoté los horarios de la música y de las pastillas; les puse colores para no olvidar que esos colores significan algo. Volví a mirar el espejo y las hojas se están muriendo, aunque la rama soberbia sigue mirando de frente al sol.

Debí nacer lluvia, pero nací rama; nací vida, nací mujer.

Toca ser leña.

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