Madres, hijas e hijos; víctimas directas de los feminicidios

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Por: María Fernanda Alvarado/Observatorio Digital

El feminicidio de Aurora Salas Mora, ocurrido el 25 de julio del 2016, retrata lo lentas e ineficaces que son las investigaciones en Aguascalientes y el país en delitos como la desaparición de personas y el feminicidio, además de las afectaciones que estas problemáticas dejan en las familias de las víctimas, que suelen lidiar con sentimientos de soledad y abandono por parte de las instituciones. Esta historia es un ejemplo de los impactos psicosociales que provoca un feminicidio, tanto en las madres, hermanas, padres e hijas e hijos, que son quienes continúan en la búsqueda de  justicia. 

Aurora tenía 27 años al momento de su desaparición y feminicidio, y era una mujer que resaltaba por su personalidad noble y tranquila. Para Alma Delia Mora Flores, su madre , la esencia de su hija la sigue acompañando a través de los años. “Es mi hija, lo va ser hasta que yo me muera, en mi corazón está. Me dejó a un niño y a una niña de recuerdo, esa fue mi herencia y en ellos la veo a diario”, señala en entrevista para el Observatorio Digital. 

Desde adolescente, Aurora experimentó relaciones abusivas en las dimensiones psicológica, física y sexual, que provocaron que se habituara a vínculos restrictivos, de inferiorización y explotación al relacionarse con una pareja. Conoció al papá de su primer hijo a los 16 años, él tenía 18 años y solía agredirla físicamente. De esa relación nació su primer hijo. La madre de Aurora cuenta que su hija presentó depresión postparto debido a que los primeros tres meses del recién nacido fueron complicados. Años más tarde el pequeño falleció, lo que provocó en su madre una sintomatología depresiva. Poco después Aurora volvería a quedar embarazada.

Después de un año de estar separados, su primera pareja volvió a contactarla y a vivir con ella, junto con su primer hijo y el bebé que estaba por nacer. Durante los siguientes dos años, y Aurora a penas con la mayoría de edad, él comenzó a violentarla económica y sexualmente, ante la situación, la madre de Aurora intervino y la apoyó para que lo dejara una vez más. Acompañada de procesos psicoterapéuticos logró conseguir un nuevo empleo y seguir con apoyo de su familia. 

A los 23 años y al estar laborando como mesera en un restaurante, Aurora conoció al papá de su tercera hija, Luis Alberto “N”, quien también solía golpearla y atacarla haciendo referencia a los dos hijos que había tenido. A los tres meses de embarazo de su nieta, Alma Delia recibió una llamada del Hospital de la Mujer: Luis había golpeado tanto a su hija que le rompió dos vértebras. Como suele darse en las víctimas de violencia de género, el desgaste psicológico en Aurora fue evidente, recurrió a consumir alcohol con frecuencia. 

Más tarde, después de vivir un tiempo en un departamento con una de sus hermanas, Aurora estaba en un nuevo proceso para mudarse a una casa más grande y tenía algunos días de haber iniciado en un puesto laboral como secretaria de un abogado. Para su madre, esta etapa fue de estabilidad y tranquilidad, Aurora se dedicaba a trabajar y a la crianza de sus hijos, quería ser un ejemplo para ellos y asegurarse que continuarán estudiando. 

No obstante, a partir de este momento, Alma Delia y su familia se enfrentaron a un proceso donde descubrieron lo tormentoso, lento y corrupto del sistema judicial mexicano.

Crédito: Alondra Castillo.

Decir NO, y la violencia feminicida 

El 25 de julio del 2016, Aurora le avisó a su familia que asistiría a un bar, esa fue la última comunicación que tuvieron con ella antes de que desapareciera. En algún punto de la noche, ella estuvo con Hugo Alberto Cascón del Hoyo y sus amigos, de acuerdo con las versiones de los testigos, posteriormente se dirigieron a un hotel. Hugo Alberto insistió en mantener relaciones sexuales con Aurora, pero al rechazarlo empezó una discusión y ella les pidió que la llevaran a la caseta del municipio de Encarnación de Díaz “La Chona”, en Jalisco, a 40 minutos de Aguascalientes. En el auto, Aurora iba sentada en el asiento del copiloto y los tres hombres en la parte de atrás. Durante el camino la discusión se tornó más intensa y Hugo Alberto le disparó por detrás, el conductor sugirió tirarla por el puente cerca de la presa de El Niágara, eliminando así su cuerpo como evidencia. 

Lo que ocurrió esa noche es un ejemplo más de la creencia de que una mujer está a disposición sexual de un hombre y que si ella no lo permite, él agresor puede atacarla hasta llegar a asesinarla, ya que se le percibe como un objeto de consumo sexual y tiene que cumplir con esa imposición.

Aurora estuvo desaparecida durante los siguientes diez meses, para Alma Delia “era morir con esa angustia diario”. Para sustentar los gastos, la familia tuvo que vender algunos bienes materiales y hasta propiedades fuera de la ciudad, la buscaron en otros estados como Querétaro, Michoacán y Guadalajara. Al inicio señalaron como posibles culpables a su antigua pareja, Luis Alberto “N” y al abogado con el que estuvo trabajando, sin embargo, el primero fue descartado y del segundo nunca se dio con su paradero,  era perseguido por la policía por haber cometido fraudes en su ejercicio profesional. 

A través del proceso, la familia de Aurora ha descubierto que a los pocos días de la desaparición, los agentes ministeriales tuvieron acceso a un testimonio que coincidía con la muerte de Aurora, el cual fue emitido por uno de los participantes del delito, sobrino de un ministerial. No obstante, no se siguió esta línea de investigación. 

“Desde que fuimos a levantar la denuncia, hasta que la encontramos, nos dejaron acabar con todo, sabiendo que ellos tenían al asesino. Todos son deficientes, hicieron pésimo su trabajo”, se queja Alma Delia. 

El agresor ya tenía antecedentes incluso de haber usado el arma con la que mató a Aurora en un presunto caso de robo.

El Observatorio de Violencia Social y de Género (OVSGA) contactó a la familia a los tres meses de que Aurora desapareció, y acompañaron el caso a lo largo del proceso de investigación, sin embargo, por razones institucionales no se les permitió acreditarse jurídicamente en el expediente por el feminicidio de Aurora. Fue en esta transición donde el OVSGA dejó de tener acceso completo a la información del caso, a excepción de una audiencia en la que participaron como asesoras  a petición de Alma Delia. 

Cuando las integrantes del Observatorio descubrieron cómo se integró la carpeta de investigación, identificaron muchas fallas: el caso no se investigó con perspectiva de género, el ministerio público asumió que el asesinato era un ajuste de deudas entre los involucrados, y debido a esto no tuvo la sentencia como un proceso de feminicidio. Además, aunque el caso se llevó bajo los procedimientos del sistema penal acusatorio, no se le clasificó como feminicidio porque cuando ocurrieron los hechos este delito no estaba tipificado en el Código Penal y la ley no es retroactiva en estos casos.  La sentencia fue de 18 años por el delito de homicidio doloso. 

Para Alma Delia, la búsqueda de justicia ha carecido de consistencia y coherencia. Incluso, ha llegado a presenciar llamadas de supuestos grupos delictivos señalando que fueron los autores del crimen, sin embargo, todo es difuso y no concuerda para ella. También cuestiona el que las otras personas que iban en el automóvil y están involucradas en el delito, no fueron procesadas a pesar de su grado de participación en la desaparición y feminicidio de Aurora.

Otro suceso que denuncia Alma Delia, es que el agresor solicitó un amparo y la familia, como víctima en el caso, no fue informada a tiempo: “¿Cómo revocar un amparo si no tienes notificación de que se está emitiendo? De 18 años con 3 meses le bajaron a 15 años de sentencia. Asesinato, orfandad, secuestro, desaparición de cuerpo…hubo varios delitos que no los tipificaron”, señala Alma Delia. 

Respecto a la reparación del daño, la familia no ha recibido apoyo, únicamente lo que el Fondo de Atención a Víctimas les entregó para los servicios funerarios. En cuanto a lo que le corresponde pagar al asesino, éste no ha aportado nada declarando que no tiene dinero o bienes. Para Alma Delia y muchas otras familiares de  mujeres asesinadas, el concepto de reparación del daño es incoherente, porque ninguna cantidad de dinero puede regresarles la pérdida de la vida de sus mujeres y el criar a sus hijas e hijos. “¿Con esa cantidad pagarían los servicios médicos, los desvelos, la escuela, el amor de una madre? Ni un año de un niño que vive, menos reparar el desgarro del corazón”. 

Actualmente Alma Delia tiene una mirada crítica sobre lo sucedido con Aurora, y en múltiples ocasiones le ha afectado psicológicamente, sin embargo, planea tomar como impulso lo vivido y seguir siendo un pilar en su familia y criar a sus nietos. Además de dedicarse al comercio, frecuentemente cuida a sus ocho nietos, incluyendo a los hijos de Aurora. Aprecia de esta situación la cercanía y el vínculo tan auténtico y fuerte que ha creado con su nieta de ahora seis años y con su nieto de ocho años. Para ambos, ella es su madre y abuela, así como su esposo es su padre y abuelo. Han recibido terapia psicoterapéutica por lo que saben sobre la muerte de su madre y el contexto en el que se dio, lo que les ha permitido asimilarlo mejor. Entre todos los integrantes de la familia, también hermanas y hermanos de Aurora, se han respaldado para continuar con sus aspiraciones personales y seguir recordando el amor que le tuvieron (y tienen) a su hija, madre y hermana. 

Crédito: Alondra Castillo.

Para Gloria Soto, abogada del Observatorio de Violencia Social y de Género  es necesario incluir servicios que busquen el bienestar de las víctimas directas de los feminicidios: “es urgente la conformación de la Comisión de Atención a Víctimas porque de qué sirven las sentencias condenatorias si quedan niñas y niños desprotegidos, familias deshechas, o pérdidas de empleo”. 

Alma Delia y su esposo ya poseen la custodia de la hija de Aurora, pero les hace falta la patria potestad del hijo de Aurora. Este objetivo ha sido obstaculizado debido a que el progenitor está ausente y no se ha podido dar con su paradero para que firme la autorización, no se sabe si hay negativa o deseo de luchar por sus hijos, solo se sabe que no está presente. El OVSGA ha vuelto a ser parte del caso al acompañar jurídicamente el proceso para obtener la patria potestad, gracias a esto han identificado que en México no hay mecanismos judiciales para llevar con eficiencia la patria potestad de niñas, niños y adolescentes que han sido víctimas indirectas de los feminicidios. Incluso cuando se demuestra que el progenitor fue el feminicida o que está ausente y sin posibilidad de ser localizado, no se le quita el poder. Hasta el día de hoy siguen presentando amparos.

En los acompañamientos a víctimas indirectas y sobrevivientes de las violaciones contra los derechos humanos, se ha identificado que el proceso por el que pasa cada familia puede ser de duelo, de búsqueda, de cuestionamiento, o incluso de desconfianza ante la sociedad en general. Sea cual sea la posición social de la familia, hay un sentimiento universal de abandono-sobre todo institucional- el de las autoridades encargadas de la investigación de delitos. Es una realidad de la que se habla poco, pero sí las víctimas expresan que sienten que las han dejado solas o que nada es suficiente, hay que validar sus palabras y visibilizar sus períodos de desesperanza. 

*Foto de portada: Alondra Castillo Muro.

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