La jornada interminable y el abuso del trabajo doméstico no remunerado 

Por: María Fernanda Alvarado Bautista.

El trabajo doméstico es la clave para que un sistema familiar u hogar funcione, y que cada uno de las y los miembros cumplan con sus dinámicas diarias con éxito. Este es un tipo de trabajo que demanda niveles altos de tiempo, energía y eficiencia, por lo que merece ser reconocido socialmente, remunerado económicamente y contar con prestaciones laborales y sociales. La división del trabajo doméstico en los hogares se vive como una violencia de imposición contra las mujeres, dejando a los hombres libres de la responsabilidad.

Asignarle la carga del trabajo doméstico y la crianza a las mujeres de manera desproporcionada, promueve pautas culturales patriarcales para el ejercicio pleno de sus actividades, llegando a encasillar el diverso catálogo de las aspiraciones personales y laborales de ellas, así como a afectar su salud física y psicológica.

Se denomina trabajo doméstico no remunerado a las actividades que se realizan en la esfera doméstica y están destinadas a la satisfacción de necesidades de primer orden para una familia, asegurando con su satisfacción el mantenimiento, la reproducción y la reposición de la fuerza de trabajo; y también, la dignificación de la calidad de vida de las y los sujetos (Vega, 2007). Involucra acciones como: asear la casa, lavar, planchar; cocinar los alimentos; comprar los productos de limpieza y de la canasta alimentaria; cuidar a infantes, adultos mayores, personas con discapacidad y/o enfermos, y mascotas (Curiel y Lóyzaga, 2014).

Marx en su obra “Teorías de la plusvalía”, publicada en español en 1974, presentó los términos de trabajo productivo e improductivo, afirmando que los capitalistas consideran como trabajo productivo sólo al que directamente se convierte en capital y crea mercancía, es decir, que genera plusvalía; por tanto, consideran como trabajo improductivo al trabajo doméstico, ya que es útil y tiene un valor de uso pero solo produce servicios personales (Curiel y Lóyzaga, 2014). Debido a esta invisibilización, está la relevancia de señalar que el trabajo doméstico permite crear condiciones adecuadas para que una gran cantidad de trabajadores y trabajadoras puedan acudir diariamente a desempeñar sus labores dentro del trabajo considerado como productivo. 

A nivel global, el trabajo doméstico no remunerado se vincula con la construcción social de una supuesta identidad femenina centrada en el cuidado y la domesticidad, por lo que a las actividades asociadas se las significa como resultado “del altruismo, el amor y el instinto materno”. El tener habilidades de cocina o limpieza son “logros” que toda mujer debe dominar desde la niñez hasta la vejez, de lo contrario, son una vergüenza y no son merecedoras del supuesto ideal del matrimonio y la familia. 

El cuidado que se brinda hacia un hogar tiene una doble dimensión: la emocional y la relacional. Por un lado, involucra la afectividad, las labores que se ejecutan en el hogar demandan energía física, una disponibilidad y atención constante y una gestión de actividades ininterrumpida, lo que supone una fuerte carga mental, y se sostiene porque se busca continuar manteniendo el vínculo afectivo (Folbre, 2001). Por otro lado, el desempeño del trabajo de cuidado se lleva a cabo dentro de un complejo sistema de relaciones familiares y de pareja que implica tensiones y negociaciones constantes en los hogares (Carrasco et al. 2011).

La falta de equilibrio en la distribución de deberes, que afecta principalmente a las mujeres, limita el tiempo, la iniciativa para participar en el mercado laboral remunerado, aspirar a puestos de mayor calidad, los niveles de ingresos y acceder a los beneficios de protección social.

De acuerdo con especialistas, existe una participación mínima o limitada por parte de las hijas e hijos, la participación principal se da por parte de las hijas mujeres, mostrando así cómo no se es necesario ser madre, sino tan solo ser mujer para tener que encargarte de una mayor cantidad de tareas domésticas. Además, la participación de las parejas suele ser aún menor, son bastante dependientes para la comida, aseo personal, cuidado de las hijas e hijos, y el día a día de la dinámica y organización general. Las actividades en las que las parejas cumplen son básicas y esporádicas, se suele hacer referencia que su poca frecuencia es porque no tienen tiempo o están cansados, ignorando así que las mujeres invierten tiempo y energía en una jornada interminable. 

Pese a que se le adjudica específicamente a las mujeres, las condiciones en las que se realiza, el tiempo destinado y lo que implica emocionalmente no es universal entre ellas. El estatus socioeconómico, si tienen otras ocupaciones remuneradas, las redes de apoyo, la relación de pareja, la independencia de las hijas e hijos o personas dependientes a cargo y la conciliación familia-trabajo vigente en cada contexto; son factores que generan limitantes entre las propias mujeres (Carrasco, 2013). Incluso las mujeres que se jubilan y las mujeres que están incapacitadas permanentemente, no dejan de trabajar en las tareas del hogar. La mayoría de las mujeres inactivas “lo son porque han de dedicarse a su otro trabajo no remunerado, las tareas del hogar” (Durán, 2012) 

Existen quienes lo hacen en casas ajenas a la suya, usualmente mujeres en pobreza, indígenas, o sin estudios, que encuentran aquí una oferta laboral accesible pero terminan enfrentándose a un abuso en prestaciones laborales y de seguridad social. 

¿Las trabajadoras del hogar cuentan con derechos laborales y protección social?

La seguridad social no sólo es garantizar el derecho a la salud, señaló en 2021 Marcela Azuela, presidenta de la organización civil mexicana Hogar Justo Hogar. 

“Significa que las trabajadoras tendrán prestaciones laborales y sociales que les den una vida digna, como guarderías, capacitación, acceso a eventos culturales, ahorro para el retiro, incapacidades”, dijo durante una conferencia de prensa. 

En México, 2.2 millones personas trabajadoras se dedican a labores del hogar, nueve de cada diez son mujeres y representan al cuatro por ciento de las personas ocupadas en el país, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), realizada por el INEGI en el primer trimestre de 2021. 

A partir del 2018, la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) declaró discriminatorio que el régimen de afiliación para las trabajadoras del hogar fuera voluntario y no obligatorio, como ocurre en  el resto de la población trabajadora. Actualmente, la ENOE señala que el 96 por ciento de las personas ocupadas en trabajo doméstico remunerado lo hacen en la informalidad, pues 71% no tienen prestaciones, mientras que el 89.5% ganan dos salarios mínimos o menos. Además, sólo el 8.5% recibe vacaciones con goce de sueldo, mientras que el 98% no tienen seguridad social ni acceso a servicios de salud, y sólo el 1.5% están afiliadas al programa piloto del IMSS. 

En 2019, la Suprema Corte ordenó la creación del esquema de afiliación de las trabajadoras del hogar al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), que se implementó en abril de ese mismo año y se mantiene como un programa que aún es piloto, pero podría convertirse en ley. 

Una de las causas de la baja afiliación podrían ser los requisitos, por ejemplo, sólo pueden afiliarse al IMSS quienes laboren al menos 20 días al mes y ganen un salario mínimo mensual, lo cual afecta a quienes laboran de entrada por salida con diferentes personas y que no completan ese periodo, que es la mayoría. El Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir (ILSB) y la organización civil Nosotrxs, recomiendan implementar una serie de incentivos económicos para lograr el mayor número de afiliaciones, como descuentos o cuotas reducidas para ambas partes al inscribirse de manera conjunta. Otro de los obstáculos para que empleadores y empleadoras asuman su responsabilidad con quienes contratan, es que ellas tampoco cuentan con seguridad social y sus salarios no son lo suficientemente altos, así que un subsidio a sus cuotas podría funcionar. Las instituciones tributarias también podrían generar “incentivos atractivos para las personas empleadoras, como acuerdos que eximan de ciertos pagos o cuotas a quienes demuestren tener una persona trabajadora del hogar debidamente afiliada al IMSS”, señala el informe del ILSB y de Nosotrxs.

Otros datos del estudio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) muestran que el 74% de las mujeres que se dedican al trabajo doméstico no reciben aguinaldo por el trabajo que realizan. 

La sentencia de la SCJN también fue el antecedente para que en julio del 2019 se reformara el capítulo XIII de la Ley Federal del Trabajo, que establece que las trabajadoras deben gozar de vacaciones, prima vacacional, pago de días de descanso, acceso obligatorio a la seguridad social y aguinaldo, así como la obligatoriedad de contar con contrato escrito que especifique las condiciones de trabajo y la prohibición de solicitar a la trabajadora prueba de embarazo, entre otros derechos. Además, se reguló la jornada a ocho horas máximo y descanso mínimo de nueve horas consecutivas. 

Al final de ese mismo año, 2019, la Cámara de Diputados y el Senado de la República ratificaron el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). 

“Ya tenemos un marco jurídico que nos protege y nos dice cómo hacer las cosas. Pero falta un cambio cultural y en ese sentido aún no estamos a la altura”, añadió Marcela Azuela durante la misma conferencia de prensa. 

*Elaboración propia.

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