La bruja de la niebla

Por Magda Calderón Rodríguez 

Sobre el texto, en palabras de la autora: En un viernes de octubre, «…se activaron dos alertas Isabel Claudina [en Guatemala] por dos mujeres jóvenes que desaparecieron cuando iban a una reunión de trabajo. Sus cuerpos aparecieron el sábado en la noche en dos lugares distintos, las dos estranguladas. Ese mismo día habían otro montón de alertas Alba Kenneth por niñas desaparecidas. ¡Sentí tanta rabia, tanta impotencia!».

Horas antes de que llegue, una niebla espesa anuncia su cercanía. Es una niebla que se cuela por todas las rendijas de las casas, aunque sus habitantes aterrados cierren puertas y ventanas. El día se oscurece. La noche es más negra que nunca, como si la luna desapareciera. Reina el silencio. Un silencio sepulcral, solo alterado por un inquietante shhh, shhh, shhh, como el sonido que hacen las madres cuando mecen a sus hijos. Pero ese sonido no calma. Aterra. Es el sonido que avisa que otra vez habrá un nuevo duelo, alguien más a quién llorar.

Saben que es una mujer por el sonido de su voz. Porque después del shhh, shhh, shhh, se escuchan susurros y lamentos que provocan escalofríos. La llaman la Bruja de Niebla. Pronuncian bajito su nombre para no invocarla, no vaya a ser que crea que la llamen. Las mujeres mayores rezan en silencio y prenden velas alrededor de las casas, tratando de ahuyentarla con la luz. Las jóvenes no hacen más que esconderse. Se abrazan y se consuelan. ¿Quién faltará esta vez? ¿A quién se llevará?

Al día siguiente, las mujeres salen de sus casas y buscan. Saben, desde el fondo de sus entrañas, que una de ellas ha muerto. Que alguien ya no regresará. Se cruzan sus miradas. ¿La has visto? ¿A mi hija? ¿A mi hermana? ¿A mi amiga? Hay suspiros de alivio cuando encuentran viva a quien buscan, aunque el dolor no cesa porque la búsqueda solo termina cuando descubren el horror en medio de un río, al fondo de un barranco, en una casa abandonada, en un sótano…

Dicen que la culpable es la niebla. Esa niebla que emana de la boca de la bruja cuando dice shhh, shhh, shhh y que enloquece a los hombres. Los ciega. Los envenena. Ella les nubla la razón y les arranca el corazón de tajo. Ya sin sentimientos, solo quedan sus instintos más primarios y salvajes en busca de la nueva víctima que aparecerá al día siguiente con los ojos abiertos, ya sin luz.

La verdad, sin embargo, es muy distinta. Si alguien se atreviera a seguir el paso de la niebla, se daría cuenta del acto de infinita compasión de la Bruja. Ella tiene el poder de encontrar el rastro de las mujeres que mueren de forma violenta. Su corazón se encoge de dolor ante la puñalada que le avisa de una nueva víctima. A medida que se acerca, le falta el aire, le pesan los pies, derrama lágrimas de sangre que le queman el rostro. Al llegar, se posa al lado del cuerpo, lo toma entre sus brazos, lo acuna y susurra shhh, shhh, shhh, como hacen las madres cuando mecen a sus hijos. Entre sollozos le dice: ya pasó, ya estoy aquí. Ya avisé que te busquen. Van a encontrar tu cuerpo. Tu espíritu se viene conmigo.

Y juntas, se elevan. La Bruja de Niebla lleva al nuevo espíritu a recorrer por última vez sus lugares amados. Y desaparecen. Regresarán después, fusionadas, a abrazar un nuevo cuerpo violentado y a liberar del horror a su espíritu cautivo.

Implora a gritos la Bruja de Niebla dejar de existir algún día.

*Nota: Este texto forma parte de los ejercicios del taller «Círculo Feminista de Lectura y Creación Literaria» impartido por Montserrat Pérez en Ímpetu Centro de Estudios, A.C.

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