Albergue de las mujeres que vuelan

Por: Mariana Ávila Montejano/Observatorio Digital. 

Soy acompañante. A lo largo de estos años me he dado cuenta de que soy acompañante de familiares, de mujeres y niñas que fueron víctimas de violencias, y que también soy acompañante de especialistas que van a lo largo del país compartiendo con otras sus experticias; a todas les agradezco por permitirme caminar, cuando es posible, con ustedes. 

Desde ese andar de acompañamiento, llegué a un espacio lleno de los colores que quiero para mi casa, lleno de flores y árboles y del canto de pájaros por las mañanas, con decenas de abejas reposando en las flores moradas.  Mi llegar a ese lugar, al que llamaré El Albergue de las mujeres que vuelan, –pensando en aquel libro de Marcela Serrano: El albergue de las mujeres tristes–  mirando que para ellas ese lugar es la isla que algunas veces necesitamos para descansar,  para olvidarnos… pero no es el destino. 

Cada cierto tiempo, una compañera cargaba sus saberes en maletas y viajaba dispuesta a compartirlo con las mujeres que vuelan, y todas aprendimos algo nuevo y disfrutamos de saber lo fuertes que podemos ser y toda la creatividad que albergamos. Entonces ya todas nos saludábamos con familiaridad, las niñas y los niños corrían para saber si tendría algún dulce que pudiera darles a escondidas (nunca lo hice), de pronto podíamos olvidar que estábamos en ese lugar, o al menos olvidar las razones que llevaron a que existan estos espacios. 

Sin embargo, no siempre podía ser igual.Todas estábamos en un proceso de aprendizaje y son tantas vivencias, tantas charlas, narraciones, sonrisas y miradas las que allí se comparten –y de tal impacto– que quisiera tener la capacidad de compartir con ustedes que hoy me leen, pero la realidad es que son herramientas que aún no logró adquirir, y que difícilmente con palabras podré compartirles dignamente todo lo que guardan mis memorias.  

Aquel dìa de octubre, como cualquier otro en que se imparte un taller, la especialista estuvo acomodando su mesa de trabajo improvisada, pues la sala de capacitación era al mismo tiempo el comedor y la estancia para niñas y niños, y también era el paso para el baño, la cocina y el patio. Todo estaba preparado, y la compañera inició su presentación compartiendo el objetivo, su propuesta de trabajo y los temas que abordaría. Entonces, durante su ejercicio para invitar al diálogo y la escucha, lanzó la siguiente  pregunta: ¿Cuál es su expectativa de estar aquí? (ella realmente se refería a estar en su taller; quería que compartieran sus necesidades sobre la posibilidad de adquirir nuevas herramientas); la primera respuesta de una de las compañeras nos dejó en un silencio colectivo, pues fueron segundos en que vivimos una sensación de miedo que recorría nuestra cuerpa; nos miramos sin poder mirarnos, incluso las que ya llevaban más tiempo en ese lugar sintieron eso que les aterrizó a una realidad que habíamos logrado engañar un poco con las risas previas al taller y a la memoria. Ella, la recién llegada, dijo: ¡Quiero vivir, y que mis hijas vivan! Si no me escapaba, nos habría matado. 

Una tarde cualquiera en el Albergue de las mujeres que vuelan, platicando con las mujeres que lo habitan: 

CM niña: Mariana, estoy preocupada, ya tenemos un mes aquí y dejé a mi gato en la casa, le puse muchas croquetas y agua, ¿crees que todavía tengan? 

Yo: Los gatos son muy inteligentes, él sabrá buscar su comida, son muy muy hábiles. Yo tengo muchos…

Después de ese diálogo busqué hablar con las encargadas y comentarles la situación, pero me indicaron que no había condiciones de regresar a la casa de CM; personas de la fiscalía tuvieron que sacarlas  ya que estaban en alto riesgo, no solo por su agresor.

Durante una charla en el jardín, Lucía, otra de las mujeres que habitan el refugio, dice: 

Me gusta estar aquí, aquí me puedo bañar sin tener que cuidarme. Luego, después de terminar un taller artístico, Carmen, celebra: Me siento fuerte, nunca pensé que yo pudiera hacer algo tan hermoso.

No siempre tuvimos la respuesta ni las palabras adecuadas. Hay un ambiente de dolor y esperanza en un mismo espacio, aquel de paredes blancas con un jardín lleno de colibríes. Justo ese lugar que las niñas y los niños siempre recordarán porque llegaron para poder seguir viviendo y seguir viendo vivas a sus madres.

En una de las paredes está pintado un árbol lleno de mariposas y manitas; las mariposas son ellas, niñas y madres. Son hermosas mariposas volando, llenas de colores; ellas las dibujan y les escriben su nombre al salir del refugio como parte de su ritual de despedida.

Las que se quedan se van platicando sobre quién era esa manita, y esa patita, y lo mucho que ellas lograron. 

Quizá nos volveremos a ver, al menos todas lo prometimos, y espero que sea para reír juntas de todo lo vivido y para contarnos nuestros nuevos planes; de no ser así, y que el volver a vernos sea porque la violencia vuelva a la vida de alguna, espero que siempre puedan regresar y nunca olvidemos que somos red.  

Al despedirme de ellas, hicieron dos filas y me pidieron pasar por el medio de éstas; ellas tenían en sus manos flores moradas y cantaban la canción «Sin miedo» de Vivir Quintana, ¿la conocen?: 

«Que tiemble el Estado, los cielos, las calles

Que tiemblen los jueces y los judiciales

Hoy a las mujeres nos quitan la calma

Nos sembraron miedo, nos crecieron alas…»

Terminamos ese día cantando los nombres de todas las presentes y diciendo «¡Vivas nos queremos!».

Escribo esto para que nunca se me olvide que estuve sentada dialogando con mujeres enormes, poderosas, que sonríen y abrazan la vida. El albergue de las mujeres que vuelan. Así lo pienso, y así lo recordaré. 

Gracias a todas las compañeras que hacen posible la existencia de los albergues, refugios, casas de medio camino y de transición.

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