El muralismo de la “Malhablada” como memoria para víctimas de feminicidio

Por Angélica Jocelyn Soto Espinosa

El rostro de seis víctimas de feminicidio está plasmado en cinco bardas dispersas entre Puebla, la Ciudad y el Estado de México. Pintados sobre paredes exteriores, cada mural es distinto entre sí porque refleja la visión particular de las familias de esas víctimas, pero tienen en común la firma de “La Malhablada”, proyecto de una joven muralista que encontró en el arte una forma de rendir memoria a aquellas mujeres que fueron asesinadas por la violencia machista, pero cuyas historias  se resisten a marcharse. 

La Malhablada es en realidad Norma Aidé Jiménez Osorio de 37 años de edad. Se dedica al muralismo, aunque también hace grabado, bordado, teñido natural, tejido artesanal, la combinación de estas técnicas y otras expresiones artísticas. 

Norma creció en el Estado de México, junto a cuatro hermanas. De madre costurera y trabajadora del hogar, Norma persiguió desde niña un sueño casi imposible para las de su clase social: ser artista. 

“Cuando crecí siempre me gustó mucho el arte, pero no era una realidad porque siempre te dicen: ‘no, de eso no vas a vivir, te vas a morir de hambre’, y pues me rebelé. Yo estaba estudiando Ingeniería Química en la UNAM y me rebelé. Dije: ‘no, yo quiero estudiar arte’. Me salí. Es algo que siempre supe que quería hacer, la verdad. Tal vez no tenía tan claro como ahora, enfocado por su puesto en nada en específico, pero ahora pienso que siempre fue algo que me gustó y que decidí apostarle a eso, aunque sí es complejo, como decían todas las personas, sí es compleja la vida laboral en esta carrera, pero en cuál no lo es”, reflexionó Norma en entrevista para La Crítica. 

Aún ahora, con una trayectoria de al menos 10 años en el muralismo, no es fácil mantener el sueño de ser artista porque en lugar de vivir del arte, Norma trabaja en varios proyectos para después poder donar murales a las familias de víctimas de feminicidio.

Murales contra el feminicidio: un grito de justicia para todas

Norma ha sabido vincular su vocación creativa con el feminismo y la política desde que estudió en el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH plantel oriente), cuando hacía estampas para acompañar los volantes de protesta, y luego en la universidad, en el Instituto Nacional de Bellas Artes, cuando decidió pintar principalmente a mujeres.

“Siempre me pareció muy injusto, desde que empecé, que no hubiera artistas mujeres, y pensaba en que la forma en la que las retratan siempre es la musa, o siempre está desnuda. Siempre tiene que ver con un placer y con un ojo, una perspectiva masculina, cómo las ven y cómo las retratan, quiénes sí merecen ser retratados y quiénes no, o cómo las representan, quiénes representan. En el análisis de los cuadros, cuando representan un momento dulce, tierno, sexual”, relató.

Sin embargo, fue hasta hace dos años que Norma encontró en el arte, particularmente a través del mural, una verdadera herramienta de resistencia contra el olvido. 

En 2019, previo al 25 de noviembre (declarado por las Naciones Unidas como el Día Internacional para la Erradicación de la Violencia contra las Mujeres), la Universidad Iberoamericana de Puebla invitó a Norma a pintar un mural en memoria de Paulina Camargo Limón y Karla López Albert, dos jóvenes embarazadas que fueron asesinadas por sus parejas. Desde el principio, esta invitación significó un reto porque, como lo ha hecho en otros murales que ha pintado en pueblos y barrios, un principio político clave en el muralismo de Norma es conocer a quienes pinta.

“Siempre ha habido una claridad política al respecto: sólo pintamos mujeres, sólo pintamos mujeres que conozcamos. No vamos a tomar una foto de alguien y ya. No. Vamos a contar las historias de estas mujeres. Si la conocemos, si nos puede contar y si podemos retratar esa historia y si ella quiere, lo hacemos. Es una base del muralismo que hacemos”, explicó. 

En este caso, las mujeres que Norma debía pintar habían sido asesinadas meses antes, así que la artista tuvo que buscar otros recursos para conocerlas. Uno de los primeros pasos fue investigar sus historias en internet, pero ahí sólo encontró información sobre cómo ocurrieron sus feminicidios y el proceso legal que siguió a las denuncias de sus familiares, no halló datos sobre cómo eran esas mujeres antes de su asesinato.

Norma decidió dirigirse directamente con las familias de ambas víctimas, quienes le abrieron su confianza, le llevaron un álbum familiar completo, la llenaron de anécdotas y le dieron otra clave política: las mujeres víctimas de feminicidio son y representan más que lo que les pasó.

“Es muy fuerte hablar con las familias y yo me quedé muy atravesada por todo lo que estaban contándome. Lo que estas entrevistas me dejaron es que entendí que lo que querían era que había una historia de una persona que amaban y que no tiene que ver directamente con el agresor, y que al final todo se reduce a señalamientos y culpas en los medios de comunicación, con ésta, como la llaman, pedagogía de la crueldad. Creo que es una narrativa que tenemos que cambiar como sociedad”, observó la muralista.

Norma se adentró en las anécdotas familiares y supo que Paulina, por ejemplo, era una mujer que le gustaba recoger perros de la calle, amaba los girasoles, le gustaba bailar, vestirse de colores, comer bombones y que estaba ilusionada con su embarazo; o que en el caso de Karla, su familia no sólo buscaba la justicia para ella, sino para todas las mujeres víctimas de violencia machista en el país. Por eso a su mural lo acompaña una cinta que dice “memoria, verdad y justicia para todas”.

Este proyecto marcó un parteaguas en la trayectoria profesional de Norma. “Me enamoré de esta forma, de esta también necesidad que tenemos todas las personas. La memoria es muy importante: no olvidar, pero pienso que en esta narrativa de no olvidar hay dos partes y las dos son muy importantes. Yo quiero contar esa otra parte, de la vida, de lo que se perdió. A mí me parece más fuerte saber quién era Paulina y Karla y por qué ya no están aquí y quién cortó esa historia”.  

Imagen obtenida del Facebook de La Malhablada con permiso de la autora

Así, el fin de este mural fue, paradójicamente, el inicio de un proyecto mucho más grande llamado “La Malhablada”: pintar 10 murales en México que honren la memoria de víctimas de feminicidio en México. Así fue como Norma tomó el pago que recibió de la Universidad Ibero y se regresó al Estado de México –donde tan sólo en los primeros cinco meses de 2020 el feminicidio y el homicidio doloso arrebataron la vida de 160 mujeres– para buscar otras historias qué contar.

Norma ha encontrado esas historias con ayuda de abogadas y otras personas que acompañan estos casos. Una vez que las identifica, busca a las familias y les ofrece pintar un mural que reivindique la imagen y memoria de las niñas y mujeres que han sido asesinadas, además de que las invita a participar en todo el proceso de elaboración del mural, que puede durar de cuatro a 10 días.

“El proceso creativo no ocurre sólo en tu cabeza, sino que se lo debes a un montón de influencias en tu vida. Es una forma de ver el arte como un conjunto colectivo, como una comunidad. No sólo te estás representando a ti o lo que estás pensando, sino a las influencias de una comunidad donde creciste, de un barrio, todas esas cosas que forman este lenguaje que es más comunitario que individual, o por lo menos ese es el arte que yo quiero hacer”, señaló. 

Para Norma es muy importante pintar estos murales en lugares públicos que sean significativos en las historias, cerca de donde vivían las víctimas, lo que ha representado el reto de negociar. 

Por ejemplo, en 2020, Norma pintó un mural sobre una barda ubicada en un lote baldío en Chimalhuacán, donde tres años atrás se encontró el cuerpo sin vida de Diana Velázquez Florencio. La madre de la joven, Lidia Florencio, pidió explícitamente a Norma que su mural se pintara ahí, a escasas cuadras de donde vive, como una forma de honrar la memoria de su hija y de exigir justicia. No obstante, la pared es la parte trasera de un rastro (matadero de animales), lo que implicó que Norma insistiera muchas veces al dueño del lugar para que le permitiera hacer el mural ahí. 

“Además del espacio físico, creo que el espacio simbólico que ha creado Lidia alrededor de ese lugar como un símbolo de lucha y de reclamo es muy fuerte. Ella me dijo: ‘yo quiero que esté aquí el mural, en una pared tan enorme’. Yo la vi tan segura que dije sí, hay que hacerlo”, relató la muralista.

Imagen tomada del Facebook de La Malhablada

Para la elaboración de este mural (que hasta ahora es el más grande que ha pintado para este proyecto) se requirió también cargar diariamente un andamio muy pesado y comprar muchos litros de pintura, lo que rebasó el presupuesto previsto para estas obras, cuyo costo va desde los cuatro mil hasta los 14 mil pesos. Otro reto en este caso fue que la zona no es segura, por lo que Lidia y otras colectivas de mujeres acompañaron durante 10 días la elaboración del mural con bazares, talleres y bailes. 

Estas mismas colectivas habían pintado meses atrás un mural más pequeño para Diana en esa misma barda, el cual no fue borrado, sino que Norma consiguió “abrazarlo” e incorporarlo al nuevo mural. Ahí Lidia puso una cruz y lleva flores para recordar a su hija. 

Para Norma, estos murales –que han conseguido la aceptación de las y los habitantes de las colonias en los que los pinta– buscan, más que belleza, contar una historia desde una narrativa distinta. Por eso el proyecto se llama “La Malhablada”: 

“Es un posicionamiento, pensamos que tiene que ver mucho con el clasismo decir que alguien es malhablado. ¿Qué es hablar bien y qué es hablar mal? (…) Lo que está mal no es que sea malo. Cuando yo digo ‘mi cuerpa’, por ejemplo, me dicen que por qué hablo así, que no se entiende. Claro que se me entiende, lo que les molesta es que está fuera de la norma. El lenguaje también tiene que ver con las imágenes, es una alternativa. ¿Qué estamos contando?”, detalló la muralista. 

“La Malhablada” es en realidad un proyecto que gestionan dos personas. Norma y Antoni García Dena, a quien hasta ahora han preferido no mencionar en entrevistas porque, como les ha sucedido en otros proyectos, los medios de comunicación lo presentan a él como el protagonista y a ella como su ayudante o su pareja. 

Hasta ahora, “La Malhablada” ha conseguido plasmar en total la historia de seis víctimas en cinco murales, uno en Puebla, dos en la Ciudad de México (Roma y Canal de Chalco) y dos más en el Estado de México. Aunque las familias y la comunidad están al pendiente de los murales, algunos de ellos corren el riesgo de ser rayados o eliminados. Sin embargo, “es una terquedad decirle esto a las familias, y creo que va a ser complicado el sostenerlo, pero si quitan un mural lo volvemos a pintar. Es un empeño de palabra, de acción, una congruencia. Es importante”, remató el muralista.

Imagen obtenida del Facebook de La Malhablada con permiso de la autora

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