Si quieres la paz…

Por Mariana Ávila Montejano

Algunas veces paramos, descansamos la palabra cotidiana y nos buscamos en otras maneras de posicionar lo que vivimos y resistimos. Buscamos que la palabra perdure y no sea olvidada, que con una imagen retumbe el dolor de una madre, de una amiga, de una hermana ante la desaparición, el feminicidio u otra violencia; que sus sentires  se guarden en los muros, en las calles, en la memoria colectiva de nuestras imágenes de exigencia, incluso que se guarden en los olores.


Ante las violencias, las mujeres toman los espacios desde la diversidad de las manifestaciones: las calles, las aulas, las plazas… El objetivo es intervenir estos espacios para nombrar a todas; colocar sus nombres en los muros que pertenecen a los que no quieren ver, ni escuchar, ni responder. Se busca que todos los espacios públicos sean intervenidos. Las consignas de esperanza, de rabia y de exigencia cubren los cristales, y cuando los cristales no son suficientes, romperlos es la manera de recordarles que así están los corazones de las madres, hermanas, amigas: ROTOS. Si se rompiera una ventana de un palacio de gobierno por cada mujer desaparecida, ningún palacio, en ninguna ciudad, tendría cristales.


Nombrar, no olvidar, visibilizar, denunciar, existir, resistir; para todo esto las mujeres toman las calles, algunas cubriendo sus rostros, otras pintando sus cuerpos.


Para las mujeres implica todo un ritual poder alzar la voz: organizarse y llevar consigo a sus hijas e hijos las que son madres, o encargar a otras el cuidado de sus crías. Manifestarse, escribir, marchar, gritar; todo implica un doble o triple esfuerzo. Incluso el diálogo con las otras que tienen otras realidades, necesita mucha energía.


Algunas pueden organizarse con tiempo desde las aulas, y/o desde las redes sociales; a otras la violencia las alcanza sin tregua, y una mañana de pronto están exigiendo a las autoridades, cuando su hija no pudo regresar a casa y no es localizada, o su mejor amiga fue violentada. Cuando su hermana fue asesinada. Entonces inicia un camino sin retorno exigiendo justicia.

Algunas buscan las fotos y los teléfonos; recuerdan los lugares, escanean el clóset para recordar la ropa que su hermana, su madre, o su tía tenía puesta. Se descubren a sí mismas como diseñadoras haciendo carteles, preparando volantes, haciendo mantas, imprimiendo lonas. Algunas dejan de comer, de dormir, o de trabajar; otras se tienen que aprender los nombres y  los rostros de los agentes investigadores, del testigo, del policía. Deben identificar oficinas, domicilios, cámaras: ser investigadoras privadas sin el sueldo, ni la protección, ni el poder. Algunas llegan solas, pero todas salen acompañadas en esto que nosotras nombramos como resistencia.


Parece que nada de lo que hagan o hagamos es suficiente, y que tampoco nada es demasiado. Hoy estamos seguras de que ninguna institución puede decir que no tiene responsabilidad ante la violación, la desaparición o el asesinato de una niña, de una adolescente, o de una mujer. Ninguna institución puede decir que no es cómplice u omisa.


Ante todo el dolor (y esta escueta radiografía), nos queda no olvidar que “Sin mujeres no hay geografías, porque nosotras sostenemos la tierra. Unas somos ramas, otras somos flor, otras semillas, otras río y muchas más somos montañas. Juntas conjugamos la resistencia ancestral.” Sin nosotras nada, porque no estamos todas, justo como nos dijo Berta Cáceres.

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