¿Por qué el amor es político?

Por Cynthia Galicia

El amor nos atraviesa en lo personal, en lo simbólico, en lo sexual. Está en la cultura, en la sociedad y en todos los aspectos de nuestras vidas. Si alguna vez han sentido que les duele el pecho, que el amor las deja sin respirar, es porque éste, con todos sus mitos y narrativas, constituye uno de los principales instrumentos de opresión para las mujeres. El amor es una práctica y estrategia política para la generización de los cuerpos, y por eso nos interesa.

Al amor hay que historizarlo y contextualizarlo dentro del sistema del patriarcado actual, e incluirlo en nuestra agenda de lucha y de transformaciones. De la misma manera en que queremos una nueva historia, un nuevo derecho o un nuevo estado, debemos pensar en nuevas e imaginativas formas de amar.  De esto también dependen nuestras libertades y nuestra emancipación, de ahí la importancia de explicar, visibilizar, deconstruir, abolir, transformar, imaginar y no dar nada por sentado en cuanto al discurso del amor. Hay que tomar conciencia de que todo sobre el amor es una institución y que ésta fue construida para la dominación masculina.

Y es que como señala Coral Herrera, estudiosa del amor romántico, “todo sobre el amor es político”. Las feministas hemos luchado por despatriarcalizarlo todo, “pero nos queda mucho trabajo por hacer a nivel sexual, emocional y sentimental”.[1] Y vale la pena recordar cómo nos hemos querido entre nosotras cuando marchamos juntas, para saber que vale la pena incluirlo en nuestras agendas.

Desde la perspectiva feminista el amor se torna violeta y se analiza en cada relación, considerando que cada una es una relación política, marcada por la discriminación sexual. Hasta nuestros días podemos observar en la segregación laboral, en las políticas del cuidado que siguen responsabilizando a las mujeres, en el abuso sexual hacia las niñas, en la era del feminicidio y la impunidad generalizada contra todas las formas de violencia contra las mujeres; el discurso del amor inserto en todas las relaciones violentas.

El feminismo rompe el mito de que el amor es algo irremediable que funciona como una avalancha que te arrasa la vida, “el amor es una experiencia en la que se puede intervenir, decidir, elegir, optar, características todas que tienen que ver con la libertad”[2], con la trascendencia de las mujeres. Cuando es así es porque existe una relación entre iguales que se reconocen recíprocamente como tales, es decir, es una experiencia en la que se puede negociar y sentar las bases para que sea de desarrollo recíproco entre las partes que intervienen.

Ubicamos el surgimiento del amor como instrumento político utilizado para generizar los cuerpos de las mujeres. De hecho, el amor surge junto y pegado a la categoría “mujer” creada por los filósofos políticos en la época conocida como de la misoginia romántica, época en que la vindicación del movimiento de mujeres por la igualdad, la educación y la ciudadanía incomodaban profundamente a los varones de los siglos XVIII y XIX, quienes dominaban la escena política. Es en esta época donde que se creó a la mujer ideal con fines de negar derechos a la mujer real. La “mujer” creada como un ser complementario del hombre, la dulce doncella, la virginal mujer cercana a la naturaleza cuyo valor se depositaba en ser el objeto más cercano a lo que los hombres deseaban que fuera. Esta mujer irracional en todo, que merecía ser protegida, considerada incapaz, siempre madre, hija, esposa, hermana, ni por excepción ella misma; en oposición a los seductores varones y al conjunto de símbolos que los acompañaban. Corazones, poesía, artes, literatura y pintura, todo utilizado para garantizar que las mujeres comprendieran su papel en la sociedad. [3]

De manera que el amor romántico, o más bien, la misoginia romántica, es un discurso político, una ideología que se instauró en la cultura y que se reflejó además en la organización política y social. En el amor privado se ubicó a las mujeres con el matrimonio como el lazo con el que se une a los amorosos, garantizando la dominación del esposo sobre la esposa, y pasa hasta nuestros días. El amor romántico ha tenido la fuerza de producir identidades sociales y genéricas a través de los procesos de socialización de las ideas sobre él. Aún aparece en el espacio cultural la mujer que lo deja todo por amor, o quien cuida a otros por amor, y quien se beneficia del amor.

Efectivamente el amor es un modelo de relaciones que hace referencia a las emociones desde el pensamiento hegemónico de los varones, en donde lo que siente el varón y las formas de su deseo marcan las facetas culturales del mismo, es decir, todo aquello que se representa como romántico es lo que los varones decidieron que era romántico, desde robarse un beso hasta darle flores a una mujer golpeada, llegando al feminicidio que se denomina en la prensa como un crimen por amor. [4]

Todo lo que se dice y se piensa sobre el amor lo definieron los varones. Las mujeres siempre aparecen como histéricas, hormonales, que no se pueden gobernar, cercanas a la naturaleza. Son vistas como incompletas, mientras que a los hombres se les ve como completos y universales, independientes, cazadores, conquistadores, guerreros del amor.

Desde niñas se nos enseña a ser objeto amoroso, mediante rituales de belleza y cuidados del otro, incluso de servidumbre. Rituales en los que se constituye además la heterosexualidad y heteronormatividad de los cuerpos con el carácter de obligatorias. La rutina y la vida cotidiana de las niñas incluye pedagogías tendientes a anhelar ser objeto del deseo masculino, se busca que sean dulces, pasivas, prudentes, sonrientes, encantadoras, dóciles, con fines de agradar. Aprendemos también la lección de que cuando conocemos a alguien que mueve nuestras emociones pensamos en arreglarnos como si estuviéramos descompuestas, intentando convertirnos en la mujer que se desea poseer, desde el deseo masculino. Pero, ¿qué pasa con nuestro propio deseo? ¿No debería el amor permitirnos ser nosotras mismas a la más grande potencia posible?

Pero el amor nos jerarquiza a todas y también nos deshumaniza, porque tiende a generizar y universalizar, convirtiendo a las mujeres y a los hombres en seres que dependen de otro para ser definidas. Pero si las mujeres buscamos la trascendencia es posible que la podamos leer en clave feminista cuando lo evocamos junto con la justicia, el amor es como la justicia para las mujeres: solo desde la opresión se puede explicar lo que se desea, lo que se anhela y lo que nos hace sentir bien con nosotras mismas. Si el amor es político, puede ser en principio definido en las calles, en colectivo, por todas. Yo lo he sentido y se siente como ni más ni menos, lo justo. ¿Y ustedes?


[1] Coral, Herrera, Mujeres que ya no sufren por amor. Transformando el mito romántico. Ediciones Catarata. Quinta Edición 2018.

[2] Lagarde, Marcela. «Claves feministas para la negociación en el amor» (2005, pp. 381-382).

[3] Amelia Valcárcel. La política de las mujeres, Ediciones Cátedra.

[4] Cfr. Patricia González Cascajares. El amor romántico una de las causas de la violencia de género, Universidad de Valladolid.

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