
Por: Mariana Ávila Montejano
Cada noviembre el país se pone bonito. Cempasúchil en las plazas y los camellones, catrinas en los centros comerciales, altares de concurso en las explanadas. Se vuelve un festejo para muchas personas, se vuelve turismo, se vuelve foto. Mientras tanto, hay altares que no están hechos para lucir. Están hechos para denunciar.
Son los de las familias de mujeres asesinadas por ser mujeres. De hijas, hijos, hermanas, padres, madres y amigas cuyo asesinato quedó en una carpeta que el Estado deliberadamente busca archivar. Para ellas y ellos, la ofrenda no es costumbre, sino el recordatorio de un expediente abierto. La foto no es decoración, es indicio, y la vela no es romanticismo: es una exigencia encendida.
Este fin de semana, cinco colectivos convocados por el Observatorio acompañaron al Colectivo Buscando Personas Verdad y Justicia de Aguascalientes. Cinco colectivos, porque una sola familia no debería cargar sola con lo que le toca resolver al Estado. Porque las instituciones que juraron protegernos llegan tarde, llegan mal o no llegan, y dejan a las familias la tarea de buscar, investigar, reclamar y todavía sostener la esperanza.
Hoy, ¿cuántas familias colocarán la fotografía de alguien que murió por las políticas de este país, o por la ausencia de ellas? Nadie lo dice porque nadie quiere hacer esa cuenta. ¿Y cuántas no podrán poner ninguna, porque aún no han encontrado a su ser amado? A ellas, un altar con un lugar vacío. No hay duelo que llore, solo una pregunta abierta que se llama impunidad. ¿Cuántas horas viajarán para hablarle a una lápida? ¿Cuántas no tendrán siquiera una lápida que visitar?
Nos gusta decir que las y los mexicanos tenemos una relación especial con la muerte. Es cierto, y es un tesoro: nos enseñó a nombrar, a acompañar, a no dejar a nadie sola ni solo en el dolor. Esa empatía es lo que llena plazas, lo que levanta fichas de búsqueda, lo que impide que una desaparición sea sólo una cifra. Pero cuidado con el orgullo cómodo, porque si convivimos con la muerte pero toleramos que ocurra impunemente, no es cultura sino costumbre de la resignación. Una sociedad que ofrenda a sus muertas pero no exige justicia por ellas, las está velando dos veces.
Que no se confunda el homenaje con el consuelo. A quienes se fueron, las familias les dicen: seguimos aquí, buscamos justicia, no olvidamos. Y les piden, con la misma fuerza, que las ayuden a seguir sembrando esperanza, porque sin ella no hay búsqueda que aguante. Quienes las acompañamos les prometemos que no las dejaremos solas en esa búsqueda.
Que este año el copal huela a exigencia.
Que cada altar sea una incomodidad para quien gobierna, para quien archiva, para quien mira hacia otro lado.
Que las flores no tapen el hueco, sino que lo señalen.
Las muertas y los muertos de este país no son adorno ni cifra. Son memoria con nombre y apellido, y vienen a cobrar lo que se les debe: verdad, justicia y no repetición.

