La violencia llama. Análisis de las violencias en la película El teléfono negro

Por: Héctor Manuel Rodríguez Figueroa*

Primero quiero aclarar que este es un ensayo (con muchos spoilers) sobre la violencia que se muestra a lo largo de la película estadounidense El teléfono negro (The black phone, 2022) por lo que no pretende ser una reseña. Veremos cómo la violencia cultural y estructural están presentes en el contexto de la historia y son los que forman el caldo de cultivo para que la violencia directa emerja a través de varios personajes e instituciones.

Algunos datos filmográficos. Estuvo dirigida por Scott Derrickson, se estrenó en cines en junio de 2022 y es una adaptación del cuento corto del mismo nombre escrito por Joe Hill. Sus protagonistas son Mason Tamez y Madeleine McGraw como los hermanos Finney y Gwen Shaw, mientras que su antagonista es Ethan Hawke como “el Captor”.

Brevísimo marco teórico. Johan Galtung (2016) es un filósofo noruego, pionero en los estudios sobre las paces y las violencias, acuñó el multicitado triángulo de la violencia en el que se divide a ésta en: directa, estructural y cultural. La directa es la que podemos ver, va desde golpes e insultos hasta las guerras; la estructural es aquella en donde hay explotación o se violan sistemáticamente los derechos humanos y; la cultural es todos aquellos discursos, refranes, bromas u otros que se usan para legitimar o normalizar las otras violencias.

Regresando a la película. Está ambientada en 1978 en los suburbios de Denver, Colorado. El desarrollo de la historia gira en torno a un asesino serial de niños que usa una máscara de demonio, globos negros y una Van para secuestrar a sus víctimas, después llevarlas a un sótano para acabar matándolas. La violencia directa es el centro del filme.

Y es una película de terror, sí, afortunadamente, siguiendo la lista de películas que están reivindicando el género usando sus elementos, como lo paranormal y los jumpscares, no como un fin sino como un medio para contar historias que merecen ser contadas (por ejemplo, las dirigidas por Ari Aster, Robert Eggers y Jordan Peele). 

Pues bien, la violencia en la película no espera a que Ethan Hawke entre en escena. Después de la escena del juego de béisbol, vemos a Robin, un niño latino, siendo llamado “frijolero” por un coetáneo caucásico al que muele a golpes hasta dejarlo ensangrentado y tirado en la calle. Una víctima de violencia cultural que estalla con violencia directa. En esta escena llaman la atención los bystanders (observadores), que, en este caso, fungen sólo como espectadores de la pelea, sobre los cuales se ha comprobado que cuando intervienen sin violencia en defensa de las víctimas son un factor vital para disminuir el acoso escolar (Fregoso-Borrego et al., 2021).

En seguida vemos a unos bullies (acosadores escolares) que persiguen a Finney, el protagonista, hasta el baño y le dicen que salga porque ese es el baño de hombres no el de “maricas”, vemos machismo, homofobia, discriminación y amenazas en un coctel de violencia cultural contra la víctima que se ve desarmada y sólo le queda tratar de esconderse. En ese momento Robin entra al baño y los espanta con la sangre que se quita de sus nudillos después haber golpeado a su agresor verbal, usa la amenaza de una fuerza física mayor a la que ellos pueden ejercer para defender a la víctima.

El latino, Robin, es secuestrado por el Captor y sin su protección, los bullies persiguen y golpean a Finney en el camino a la escuela, llega su hermana a defenderlo con una piedra y le rompe la cabeza a uno de ellos, es una de las escenas más explícitas de la película, creí que el golpe iba a tener consecuencias permanentes para el agresor inicial pero no fue así, sólo sale de la pelea mientras se desangra. Una vez más, la escalada de violencia como único mecanismo para “frenar” la agresión. Gwen también sale lastimada.

El docente pasa desapercibido el hecho de que Finney tiene la cara visiblemente golpeada. En la obra no se muestra a la escuela como perpetradora de violencia como Gómez-Nashiki (2005) encontró en planteles mexicanos, pero la inacción institucional es síntoma de una violencia normalizada, en la que si docentes y equipo directivo no identifican los actos como violentos entonces no hacen nada por solucionarlo y ponen la culpa en el exterior: a las familias, la comunidad o la personalidad del estudiantado (Saucedo Ramos & Guzmán Gómez, 2018). Tal ausencia de prevención e intervención contra las agresiones y el acoso también son muestras de violencia estructural, aunque sea por omisión. Fue hasta los estudios pioneros de Dan Olweus, llevados a cabo justo en la época retratada en el filme, que se acuña el término de bullying y se comienzan a desnormalizar tales acciones.

La violencia intrafamiliar también es retratada en la película. El padre de Finney y Gwen ejerce violencia psicológica contra ella y él, en su obsesión por el control en la casa al grado de que el mínimo ruido lo desquicia y responde reprimiéndoles violentamente. El padre golpea a Gwen con un cinturón porque la policía fue a hablar con él porque ella había soñado los globos negros del Captor de los que sólo tenía noticia la policía (como parte de la trama sobrenatural de la película ella, su mamá, su hermano y el villano tienen poderes psíquicos). La escena es muy gráfica pero no nos muestra en close up los golpes y cuando la golpea más fuerte, los actores salen de cuadro y sólo nos queda el terror del audio de una niña siendo golpeada por su papá. Aquí se manifiesta la violencia estructural de la familia y cómo desemboca en el ejercicio de violencia directa. 

El Captor y el padre usan el cinturón como herramientas para ejercer la violencia, no es fortuito que usen la misma arma, ya que era una práctica muy generalizada y que sigue normalizada en ciertas regiones o personas al grado que la UNICEF a la fecha tiene campañas activas en contra de la violencia como medida “pedagógica” dentro de las familias, a pesar de que los metaanálisis de las investigaciones al respecto demuestran tener claro efectos negativos a largo plazo en la salud física y mental de quienes fueron víctimas de abuso infantil (Wegman & Stetler, 2009).

El padre además manifiesta una masculinidad violenta, no va a recibir ayuda psicológica, en un entorno donde era mal vista y poco común, ya que nunca resolvió la muerte de su esposa y no sabe cómo ejercer una paternidad responsable más allá de las amenazas y la fuerza física. Tampoco acude a tratar su adicción al alcohol que visiblemente exacerba sus conductas violentas.

Todo esto ocurre antes de que capturen a Finney. Considero que no hace falta analizar la violencia directa que implican el rapto, la captura, el aislamiento, la privación de la libertad, la limitación de alimentos y la amenaza de muerte, por su obviedad, pero hay detalles que valen la pena resaltar. 

Parte de la trama es que el teléfono negro, que no está conectado a una línea telefónica, sirve para comunicarse sobrenaturalmente, con los otros niños que fueron víctimas del captor. El director fue muy cuidadoso en no ser explícito con la violencia que vivieron, aunque se puede inferir a partir de ver sus heridas cuando se le aparecen a Finney, a quien dan indicaciones y señalan recursos que pueden ayudarlo a salir vivo del sótano.

La única escena de violencia directa explícita que se muestra en la película es cuando el captor mata a su hermano con el hacha y sirve para ilustrar la urgencia que corría Finney y que el único recurso que le quedaba era el uso de la fuerza física y las trampas que puso en el sótano. La violencia de Finney, cuando mata al villano, es literalmente el último recurso y si hay casos donde aplique la legítima defensa me parece que es éste.

Una moraleja paralela es que para resolver problemas hay que explorar e intentar todos los recursos que se tengan a la mano, su brazo potente como pícher, el cordón, la reja, el agujero que cavó en el piso, la tierra, la tapa del sanitario, las partes del sanitario, intentó todo antes de recurrir a la violencia. Con los recursos que contaba no tuvo que matar o lastimar al perro del Captor, ya que usó la carne del refrigerador como distractor y así al fin logró salir del sótano.

Al cierre, la policía se adjudica haber salvado al niño y resuelto el caso, aunque en realidad lo hicieron la niña y el niño con ayuda de sus poderes sobrenaturales. El padre se disculpa, parece legítimamente arrepentido, pero queda en ellos si lo perdonan o no, el director deja abierta esa trama. Como es una película del subgénero coming-of-age, en donde se muestra el paso de infancia a madurez, Finney antes del enfrentamiento final deja su juguete arriba de la caseta telefónica y toma el auricular para enfrentar a su captor, además termina la película diciéndole a su compañera de laboratorio que ahora le llame Fin.

La película nos muestra cómo las violencias se sobreponen, se retroalimentan y están intrínsecamente interconectadas, vemos los sucesos de violencia, los procesos estructurales que los favorecen o al menos no los previenen y los entramados culturales que sostienen y justifican que todo siga ocurriendo. Para desmontar la violencia primero hay que comprenderla y poner en marcha mecanismos gubernamentales, sociales, familiares, escolares e incluso individuales que promuevan las tres paces como medios acordes a los fines que construyen la paz positiva. Que es una paz procesual en donde las necesidades vitales de todas las personas están cubiertas, los derechos humanos se garantizan y se dan relaciones de cuidado mutuo y cooperación, una utopía sí, pero las utopías son para decidir hacia dónde caminamos.

Referencias 

Fregoso-Borrego, D., Vera-Noriega, J. Á., Duarte-Tánori, K. G., Peña-Ramos, M. O., Fregoso-Borrego, D., Vera-Noriega, J. Á., Duarte-Tánori, K. G., & Peña-Ramos, M. O. (2021). Familia, escuela y comunidad en relación a la violencia escolar en secundaria: Revisión sistemática. Entramado, 17(2), 42–58. https://doi.org/10.18041/1900-3803/ENTRAMADO.2.7574

Galtung, J. (2016). La violencia: cultural, estructural y directa. Cuadernos de estrategia, 183, 147–168.

Gómez Nashiki, A. (2005). Violencia e institución educativa. Revista Mexicana de Investigación Educativa, 10(26), 693–718. http://www.scielo.org.mx/scielo.php?pid=S1405-66662005000300693&script=sci_arttext

Saucedo Ramos, C. L., & Guzmán Gómez, C. (2018). La investigación sobre la violencia escolar en México: tendencias, tensiones y desafíos. Cultura y representaciones sociales, 12(24), 213–245. https://doi.org/10.28965/2018-024-08

Wegman, H. L., & Stetler, C. (2009). A meta-analytic review of the effects of childhood abuse on medical outcomes in adulthood. Psychosomatic Medicine, 71(8). https://doi.org/doi: 10.1097/PSY.0b013e3181bb2b46

*Doctor en Estudios Socioculturales por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, miembro del Sistema Nacional de Investigadores y docente de tiempo completo de la Universidad Iberoamericana León.

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