¿Por qué el envejecimiento de las mujeres se ha relacionado con el deterioro y rechazo?

Por: María Fernanda Alvarado/Observatorio Digital

De todos los derechos que las mujeres hemos reclamado ninguno es más vital que el derecho a cambiar o a dejar de hacerlo, según queramos (Heilbrun, 1997).

Representa un reto para la mujer reflexionar y ofrecer información que muestre el mosaico completo de posibilidades del envejecimiento femenino y promover interpretaciones que reflejen la complejidad de su ciclo vital, y contribuya a que se les de espacio y palabra para que ellas mismas le den su propia significación, y se permita a los sectores más jóvenes adentrarse en la edad sin hacerlo llenas de preocupación y desesperanza. 

Los estereotipos negativos acerca de la vejez en las sociedades occidentales afectan de manera especial a las mujeres. Si de por sí hay una perspectiva de rechazo por entrar a este rango, imagina lo desesperanzador de ser limitada no solo por tu edad sino por tu género y sexo, los factores como la normativa de la belleza, la presión por encajar con el “reloj social” del matrimonio o la maternidad, o la expresión de la sexualidad; factores que son especialmente criticados por las y los otros en esta etapa del desarrollo. 

La apreciación del envejecimiento se puede identificar en el uso peyorativo del lenguaje asociado a este. Se emplea la palabra deterioro (algo que se ha estropeado), cuando en realidad nos encontramos ante un cambio programado genéticamente que muestra la capacidad para el desarrollo. Se utiliza la palabra pérdida (algo que se tenía y ya no se tiene), en lugar de emplear el concepto de evolución, que muestra que nos encontramos ante algo que se va transformando, cambiando, que es ciertamente inevitable, pero no por eso forzosamente negativo. Se habla de enfermedad, confundiendo los cambios que tienen lugar en el cuerpo, que se deben a la edad, con un trastorno.

¿Qué ocurre con los ideales de belleza y la sexualidad?

En la cultura obsesionada por la juventud, los signos físicos del envejecer son señal de fracaso personal. El rechazo social por el cuerpo mayor adquiere caracteres sorprendentes cuando se trata del cuerpo de las mujeres cuyo valor de mercado reside en un modelo de belleza con énfasis en la juventud y delgadez, por lo que resulta complicado romper el juicio de que los cuerpos de las mujeres mayores  no son atractivos. ¡¿Por qué en ningún momento somos nosotras las que decidimos cómo vivir con nuestro propio cuerpo?!

La aceptación de un cuerpo mayor (más pesado, más lento, con arrugas y canas) no es un proceso automático, se consigue a través de procesos de resistencia. Margaret Gullette plantea la necesidad de oponerse a las narraciones negativas del cuerpo envejecido al elaborar nuevos e integrales discursos y conceptualizaciones, sobre el cuerpo, la edad, la belleza normativa. 

Así mismo, es válido el deseo de transformar el cuerpo para seguir proyectando cierta estética, pero siempre y cuando sea después de un proceso profundo, informado y autónomo el que lleve a esta decisión. 

Algunos mitos acerca de la feminidad, como los ya mencionados de belleza y juventud, interfieren de manera significativa con el sentimiento de deseabilidad respecto a su cuerpo; y justamente sentirse sexualmente atractivas es uno de los elementos básicos para la satisfacción vital y la felicidad de las mujeres mayores que disponen de buena salud (Stokes y Frederick-Recascino, 2003). 

Otro factor que es parte del disfrute de la sexualidad (pero no la define) es la menopausia. Ante esto, existe la necesidad de una nueva conceptualización de la menopausia; así como para algunas mujeres síi hay sensaciones de desagrado e incomodidad y una reducción del deseo, para otras representa una mejoría en la actividad sexual, que está vinculada con una despreocupación respecto al embarazo, en caso de tener una relación heterosexual hay una menor urgencia eyaculatoria por parte de la pareja sexual masculina, un control sobre el propio cuerpo y la expresión del deseo, y un interés progresivamente mayor por una sexualidad menos genital, más expresiva y afectiva. 

También se abre puerta a nuevas prácticas sexuales que quizás por desconocimiento o prejuicios no se habían experimentado, a establecer relaciones afectivas o puramente sexuales bajo los propios criterios, se restablece la frecuencia de la interacción, la cantidad de parejas y su cercanía con ellas o ellos.  

Otra práctica a la que se le abre oportunidad es al autoerotismo. La cultura estigmatiza el autoerotismo en términos culturales y religiosos, sin embargo, esta práctica  puede resultar una alternativa ideal o la única fuente de placer. Animar a las mujeres desde niñas a explorar esta posibilidad como fuente de placer y autoconocimiento permitiría una mejor relación de las mujeres con el deseo a todas las edades y en la edad mayor nos daría un hálito de libertad.

El placer subjetivo de la respuesta orgásmica no tiene por qué disminuir, la respuesta sexual está afectada por factores afectivos y cognitivos: fantasías, valoración de la relación, grado de intimidad, salud sexual previa, etc.

¿Si no es determinante las goces y habilidades sexuales en las mujeres maduras y mayores, por qué hay menor cantidad de mujeres activas sexualmente? Las razones que pueden dar explicación a porque no se normaliza esta conducta son: la creencia de que el fin de la sexualidad inicia con la llegada de la menopausia; las actitudes culturales en contra de la sexualidad femenina a una edad avanzada por ser considerada como no atractiva o innecesaria; la menor probabilidad de encontrar a una pareja; asociar que el impulso sexual masculino es más fuerte que el femenino o que la mujer se interesa por el sexo como procreación y no como goce. 

Por último, hay que hacer mención de que algunas mujeres han vivido tormentosas vidas sexuales, por lo que dejar de tener relaciones sexuales o practicar el autoerotismo puede ser también una opción válida de sexualidad, similar a la de desearla o buscarla. Cuando el sexo se ha vivido como un mandato, prescindir de él puede suponer una liberación.

¿Por qué asociar a las mujeres adultas con la falta de un sentido de vida? 

Otra apreciación negativa que se tiene del envejecimiento es la creencia de que ya no se tienen proyectos de vida, aspiraciones de cómo pasar los días, asociarles un estado de tristeza profundo, y que el uso de su tiempo es monótono e inútil.

Para las mujeres mayores ni la soledad ni el aburrimiento tienen que ser un problema, puesto que son activas buscadoras de intereses y placeres, en casa o fuera, solas o en compañía. El control sobre su planificación cotidiana aumenta cuando se van los hijos e hijas y el hecho de poder determinar su propia medida para la vida cotidiana, en la comida, el dormir, en el trabajo y el ocio, supone una forma básica y esencial de control. Algo similar ocurre con el divorcio y la viudedad, que para algunas mujeres supone la primera experiencia de vida en solitario y la posibilidad de dirigir todas las facetas de su vida. La soledad o autonomía, entendida como una oportunidad para la reflexión y la evaluación de los procesos vividos, resulta imprescindible en la edad adulta.

Así mismo, aquellas que optaron por no elegir el camino de la maternidad o la vida en pareja, el haber permanecido con ellas mismas a lo largo del tiempo no significa que sean “quedadas” o “resentidas”, el elegir desenvolverse solas y permanecer así en la vejez es una decisión válida, y ellas también continúan dándole un aprovechamiento increíble y un continuo restablecimiento a sus tiempos y metas. Recordemos que las maternidades deben ser conscientes y voluntarias, ser mujer no es sinónimo de ser madre, y si no fue parte de un proyecto de vida no le quitó satisfacción alguna a su experiencia de vivir. 

¿Pero qué ocurre con aquellas que no son independientes económicamente o sufren pobreza?

Cuando se examina la vida laboral de las mujeres, se comprende que las desigualdades del mercado laboral se convierten en desigualdades en la jubilación. Muchas mujeres están sobrerrepresentadas en ocupaciones mal pagadas; empleadas en trabajos discontinuos, a tiempo parcial, semicualificadas o simplemente no cualificadas, ocupando lugares de trabajo tradicionalmente femeninos, que se caracterizan por su bajo salario y  el acceso limitado a los beneficios de los servicios sociales.

Otra razón de la débil posición económica que muchas enfrentan en su edad mayor es la entrega gratuita del tiempo personal, a través de las tareas de crianza y cuidado. La función de cuidado a lo largo de la vida, supone un alto coste de tiempo, tiempo que no dedican a sí mismas, a su formación personal, profesional e intelectual. El dinero que las mujeres dejan de ganar por ello es una parte que influye en que no puedan sustentarse y recurran a vivir con las familias de sus hijos e hijas, u otro familiar o conocido. Ante este regreso a vivir con los hijos e hijas existe la posibilidad de regresar al ciclo de cuidadoras y de la limpieza de la casa pero ahora en función de sus nietos y nietas y como una forma de ayudar y agradecer la estadía. Sobre la relación con los hijos e hijas esta depende de cómo estos interpretan que fueron tratados cuando eran pequeños, por lo que terminan regresandolo en esta situación.

Esta es una invitación para la sociedad en reconstrucción y a las mujeres adultas en proceso de envejecimiento: no hay una receta para una vejez satisfactoria o ideal, desde ahora puedes trabajar en el continuo proceso de buscar tú autorrealización, a los momentos en que decidas ejercer o no la maternidad, en edad, cantidad y vínculo (biológico ó adoptivo), a tu trayectoria profesional o laboral, a la multidimensionalidad de tus ocupaciones, a la expresión de tu estética, a escuchar tu cuerpo tanto en salud como eróticamente, a reconstruir tus ideales o al contrario a permanecer fieles a estos, a ser selectiva con tus relaciones con las otras y otros, que sean recíprocas y plenas. No te evalúes por la mirada externa y el valor que ellos quieran atribuirle a quien has sido y a quien eres hoy.

¡Construyamos modelos del comportamiento del envejecimiento que no incluyan ningún tipo de violencias!

¡Que las mujeres mayores puedan redefinirse, que los ideales de belleza y el ejercicio de la sexualidad, la decisión de permanecer o cambiar, sean decisiones autónomas y desde la responsabilidad afectiva de vincularse!

Referencias:

Freixas, A. (2004). Envejecimiento y Perspectiva de Género. En Barber, E., & Martínez, I. (Coord.), Psicología y Género (pp. 325 -352). PEARSON EDUCACIÓN. 

Freixas, A. (2008). La vida de las mujeres mayores a la luz de la investigación gerontológica feminista. Anuario de Psicología, 39(1),41-57. ISSN: 0066-5126.   https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=97017401004

Freixas, A., Luque, B., & Giménez, A. (2009). Reflexiones feministas sobre la vejez. 35–51.http://www.debatefeminista.cieg.unam.mx/wp-content/uploads/2016/03/articulos/042_05.pdf

Palacios, J. (2014). Cambio y desarrollo durante la adultez y la vejez. En Palacios, J., Marchesi., A., & Coll, C. (Comp.), Desarrollo psicológico y educación: Psicología Evolutiva (pp. 521-544). Alianza Editorial. 

Pelcastre-Villafuerte, B. E., Treviño-Siller, S., González-Vázquez, T., & Márquez-Serrano, M. (2011). Apoyo social y condiciones de vida de adultos mayores que viven en la pobreza urbana en México. Cadernos de Saúde Pública, 27, 460-470.

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