Romance que no lo es

Por Violeta Sabás

Hace más de siete años, acompañé a una amiga durante un divorcio que para ella representó un rompimiento en toda su estructura de vida, su entonces esposo, decidió terminar la relación de un día para el otro, argumentando que ya no se sentía bien con ella, que ya no la amaba. Estuve ahí esos primeros días, en los cuales tuvimos oportunidad de descubrir ideas sobre el amor que antes no habíamos considerado porque estábamos enamoradas, casual o causalmente, su divorcio coincidió con mi recién rompimiento de una relación de años en donde había prevalecido un violento amor romántico. A raíz de esa vivencia que compartí con mi amiga, empecé a cuestionar todas las ideas y construcciones simbólicas, históricas y sociales que nos atraviesan a las mujeres y que nos hacen pensar que el amor romántico debe ser la aspiración ideal para todas las mujeres, buscamos con esperanza la media naranja, creemos en el felices por siempre.

Desde que comenzamos nuestro aprendizaje social, nos hacen pensar que estamos incompletas, que cuando seamos madres y esposas, podremos completar nuestro ciclo de vida, y sabremos a ciencia cierta, lo que es el verdadero amor, y es que antes de eso, no podemos permitirnos pensar que quizás el “verdadero amor” sea simplemente amarnos a nosotras mismas. La realidad es distinta a lo que nos enseñan, dependemos de la idealización del romance que involucra pasión y entrega absoluta por la otra persona, aunque sea doloroso y aunque el estar en esa relación, nos lastime y nos violente. Pensamos entonces que el amor romántico es lo que mueve al mundo, que cuando conozcamos a una pareja, debemos dejar atrás nuestra familia, nuestros sueños y metas individuales, porque nuestro tiempo de vida, de ahí en adelante, será compartido por otra persona hasta el final de nuestros días. El rito cristiano del matrimonio, involucra el pasaje bíblico del Evangelio de Mateo: “Por tanto, el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y los dos serán una sola carne. Así que, no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”. Y esto implica, estar unida a la otra persona hasta la muerte, en ese amor romántico, no hay espacio para la libertad de decidir que ya no quieres estar con la otra persona, o simplemente, no quieres estar con ninguna persona.

 La construcción simbólica del amor que conocemos, involucra todo un conjunto de creencias, prácticas y tradiciones que son así desde hace siglos y que no han sido cuestionadas ni debatidas. El amor romántico implica la aceptación de prácticas violentas como los celos, el control de la individualidad y la libertad personales, la violencia psicológica como práctica cotidiana, las estructuras de poder desiguales que se sustentan en el predominio del hombre como proveedor y la mujer como cuidadora. Para las mujeres, el desarraigar este mito es nada fácil, porque debemos confrontarnos con todo un andamiaje de símbolos y normas, de sentires sociales y familiares que nos cuestionan el por qué “somos frías”, poco románticas o por qué no creemos en el amor, también es tolerar lo que implica el decidir no construir una relación y transitar la vida de manera individual, con todas las connotaciones incorrectas que están inmersas, todo esto es un peso social importante. Si decidimos que estaremos compartiendo nuestro tiempo de vida con otra persona, de igual forma el deconstruir esa idea del amor romántico es difícil, por consecuencia, construir una relación no violenta se torna en un reto, porque, aunque nosotras tengamos claro que no queremos una relación basada en la violencia, el encontrar a otra persona que no genere prácticas violentas es un camino difícil.

Lo importante de todo esto es saber que la decisión de transitar la vida individualmente o con alguien más, es solo de nosotras, es complicado deconstruir la idea del amor, desarraigar las prácticas románticas en las relaciones afectivas, sin embargo, no solo depende las mujeres, se deben transformar todas las estructuras sociales y culturales que validan el amor romántico, es tarea también del Estado regular los contenidos simbólicos que ven las niñas y niños en televisión, en las caricaturas y en las películas, se deben dar las herramientas necesarias para identificar que no es amor, es violencia.

Al final, mi amiga logró transitar esa etapa de su vida, se fue a la playa, se encontró y reencontró en la maravillosa mujer que era y el día de hoy, agradece no estar viviendo con un hombre violento, aunque ella hace más de siete años, pensaba que todo era romántico.

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