La voz de “las cocinas”

Por Susana Rodríguez

En el municipio de Huayacocotla, ubicado dentro de la huasteca veracruzana, mujeres otomíes, tepehuas y nahuas se reúnen en una trinchera común: la cocina. Ahí se cuecen deliciosos alimentos para el cuerpo y el alma. Desde ahí, Cecilia Arceo, antiespecista, defensora de derechos humanos, ha descubierto nuevos caminos, construidos desde su postura vegana y feminista.

Para Arceo, que en mayo pasado comenzó a trabajar en la Huasteca Veracruzana, la experiencia ha sido enriquecedora y confrontativa con los usos y costumbres de la comunidad en la que vive, donde la carne es parte de la alimentación, pero explica que los procesos de convivencia entre las personas y los animales de granja es muy diferente al que se vive en la zona urbana.

En estos meses en los que Cecilia ha compartido sus experiencias y creencias con las mujeres de la comunidad, ha podido constatar que su apuesta es por las reuniones en las cocinas donde por medio de la tierra y de sus productos -sin que impliquen maltrato animal ni sobreexplotación de la tierra- se pueden forjar nuevas maneras de alimentarse y de ver el mundo. Es ahí donde las mujeres originarias reciben las palabras de las otras, donde se preguntan y se cuestionan, desde donde hay posibilidades de promover una transformación.

“Poder hacer uso de la palabra en esos espacios que para ellas son sagrados, como su cocina ,es un reto muy interesante”, dice.

Pensar que las mujeres de las comunidades no se cuestionan es una idea “romántica” de los pueblos originarios, argumenta Arceo. En su experiencia, las mujeres se preguntan, por ejemplo, si está bien comer carne no, aunque no por una cuestión de respeto a los animales, sino por una cuestión de salud.

El primer acercamiento que tuvo Cecilia Arceo con los animales fue su activismo para defender la vida digna de perros y gatos, pero su andar la puso en una nueva encrucijada cuando vio los ojos de una vaca al momento de morir de la forma más horrible para cualquier ser vivo. A partir de ahí decidió ser vegetariana, hace 14 años. Hace tres años, por congruencia con su postura feminista, decidió ser vegana con el objetivo de dejar de ser una opresora de las hembras que son obligadas a parir, a producir leche y a otras acciones más que son producto de la explotación animal.


“El veganismo es un acto urgente para avanzar y seguir creciendo, es una forma de respetar mi propia existencia, dejar una huella menos contaminante, es el camino”, afirma.

Para la activista, hay dos grandes ideas que sustentan su opción de vida: no opresión hacia cualquier ser vivo y empatía con los animales.

Cuenta que en las comunidades miran a los animales como sus acompañantes, en las casas viven las gallinas, los cerdos y hasta las vacas. Se preocupan por su cuidado, están pendientes de su estado de salud, les respetan más por una cuestión alimentaria, pero es muy diferente a la situación en la ciudad, donde el consumo de carne es una cuestión meramente comercial.

“No es que ellos miren algo más deshumanizante, sino que miran algo más de necesidad y es por eso que los consumen, pero lo hacen bajo el mismo respeto, la gente de acá no ve al cerdo como una salchicha”.

A diferencia de la comunidad, en la ciudad no es común que la señora de la casa mate una gallina para hacerse un caldo, si fuera así, seguramente más personas serían vegetarianas o veganas, plantea Cecilia.

Una de las experiencias que retratan los modos de convivencia entre las personas y los animales en las comunidades, se dio con un niño, que es su vecino, le contó que le habían regalado un pollo para engordarlo y comérselo en navidad.

-En navidad me van a hacer un caldo con él, le dijo-. ¿Cómo se llama tu pollo?, respondió Arceo. El vecino la miró sin entender la pregunta. Sí, ¿le pusiste nombre?, le explicó ella. Y  él respondió: “No porque me lo voy a comer, si no me lo fuera a comer si le hubiera puesto un nombre”, dijo.  Al final, el pollo se quedó para formar parte de la familia.

El “Macho Visible”

En las comunidades, los hombres conviven como machos visibles: son quienes llevan el sustento, deciden, golpean, acosan a quienes se les atiende y les sirven. Las mujeres, por su parte, poco o nada se cuestionan sobre su propia seguridad y resguardo, conviven a diario con los efectos de la violencia, explica la activista.

Para Cecilia, a las mujeres que viven bajo algún tipo de violencia en las comunidades, la única manera de hablarles del tema es explicarles que también tienen derecho a sentarse, a no servir si no quiere, a no lavar platos.

“La cocina desprendida del dolor va a ser una forma de podernos aliar entre nosotras y descubrir a ese macho que no tiene máscaras y poderlo señalar literal como un macho”, añade.

A pesar de lo visible que puedan ser los machos en las comunidad, hay quienes van más allá de las reglas, por ejemplo, existe la idea de que las mujeres no pueden ser propietarias de terrenos o casas. Y existen aquellas que pelean por su derecho a la tierra, que implica procesos burocráticos con las autoridades tanto gubernamentales como las de las comunidades.

Cuando la Montaña habla

En la huasteca veracruzana, la montaña habla, la tierra cruje, los árboles se mecen, eso fue lo que escuchó Cecilia Arceo al estar, ahí entre ella. Salir de Aguascalientes fue una buena experiencia, llegar a esa tierra ha sido una mejor, la ha traído muchas miras hacia lo natural. Incluso, desde su propia experiencia, considera que todas las mujeres deberían alguna vez en sus vidas internarse en la montaña por un tiempo, para encontrarse con todo lo que vive ahí y aprender de eso.

Arceo ha aprendido que entre las mujeres de la comunidad existe la conexión entre el cuerpo y la tierra como una experiencia colectiva.

“Hay una conexión cuerpo-tierra, pero no como una conexión cuerpa apropiada, sino más bien como una cuerpa comunitaria, todos en un mismo cuerpo en favor a la tierra, no como un territorio mio, sino común”.

Las comunidades son benevolentes con quienes respetuosamente se integran en ellas, Cecilia Arceo dice que para caber ahí es necesario cumplir con las reglas, sin embargo, muchas de ellas son machistas y es sólo desde los espacios de mujeres, como las cocinas, donde se pueden deconstruir. Ahí, las palabras son bienvenidas, las mujeres originarias se cuestionan cosas, es algo mágico.

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