“No temo a los monstruos ni a la oscuridad porque me cuida mi papá”, cantaban los y las niñas del kínder quienes con mucha emoción, dedicaban ese pequeño regalo a sus papás, pero no todos los hombres que se congregaron en los salones de la escuela eran padres biológicos, el grupo también estaba compuesto por abuelos y tíos, en una proporción de 3 a 10, es decir, por cada 10 hombres, 7 eran padres. Esta estadística resulta interesante cuando se contrasta con los datos del INEGI (2020) que señala que 3 de cada 10 hogares en México están liderados por mujeres jefas de familias, es un porcentaje altísimo, según esta misma estadística, en más de 11 millones de hogares el padre está ausente, ya sea por motivos de abandono familiar o por fallecimiento, en la mayoría de los casos, la figura paterna abandona a sus hijos e hijas.
Por: Violeta Sabás
En un país profundamente machista, donde la ausencia del padre se ve como un fracaso para la madre, y para las hijas e hijos, se traduce en un trauma -que no siempre es así y que no tiene porque ser así-, estas actividades son por demás delicadas, y más si no se hacen con una perspectiva de niñez que implique el explicar a las niñas y los niños que si el padre está ausente, no es culpa de nadie más que decisión del mismo abandonador, conversación que resulta también bastante difícil considerando que las escuelas apenas si están medianamente preparadas para atender casos de violencia escolar y sexual dentro de las aulas, no cuentan ni con perspectiva ni con capacitación para dialogar con las niñas y niños cuya ausencia del padre biológico, pudiera representar un impacto psicosocial y emocional al ver como las y los demás alumnos abrazan a su papá o a su “figura paterna”.
Biológicamente, la mayoría de las crías de las diferentes especies que pueblan el mundo, sólo dependen de la madre para subsistir los primeros meses en los que su evolución permite valérselas por si mismas, otras, sobre todo las aves, dependen de macho y hembra, quienes se turnan para alimentar o empollar, sin embargo, en las especies de mamíferos, a las que sobra decir que pertenecemos, son las madres quienes se encargan de la gestación, crianza y cuidados de las crías. La mayoría de las madres humanas amamantan a las y los bebés hasta los seis meses sin necesidad de ningún otro alimento, esto es evolución, las crías homo sapiens sólo dependerán de la madre para subsistir. Esta dependencia social del padre viene desde los orígenes de la familia como núcleo social desde una tradición occidental, no es así en todos los grupos humanos alrededor del mundo, en muchos de los cuales, la colectividad hace las veces de las familias heteronormativas que conocemos como núcleo social en Occidente.
La ausencia de un padre biológico, no tiene porque determinar el desarrollo psicosocial de las niñas y niños, que así suceda, es por la carga androcéntrica que tiene la sociedad y que traduce la falta del papá como una etapa incompleta para las y los niños.
Los padres, abuelos y tíos que asistieron al evento, parecían aislados, no se comunicaban, esperaban pacientes a la entrada del kínder, sin hablar, ansiosos. A diferencia de las madres, abuelas y tías que llevan todos los días a niñas y niños, quienes generan conversación aún sin conocerse, que tejen red, que comunican su día y sus preocupaciones. También se quedaron a presenciar como los padres, abuelos y tíos entraban a la escuela y buscaban el salón de sus hijas e hijos, y este acto que pareciera insignificante, también conlleva una fuerte carga de cuidados para las mamás, quienes estaban nerviosas de que los hombres, por alguna razón, no lo hicieran bien, se equivocaran de salón, algo que pareciera infundado pero no es así, pues es de esperarse que los padres no conozcan el salón donde asisten sus hijas e hijos puesto que son las madres quienes les llevan todas las mañanas. Las madres se quedaron a cuidar que todo saliera “bien” porque estamos para maternar incluso al padre, estamos para supervisar que todo esté correcto, incluso si esto impacta aún más en nuestra de por si pesada carga mental y de trabajo que tenemos.
Los padres se enfrentan a un cambio en la forma de paternar, donde sus hijas e hijos han comenzado una forma diferente de socializar desde el cuidado y el amor. He notado como las niños y niños del kínder se tratan con amor. Frases como “te extraño”, “te quiero”, “¿Te sientes bien?”, las escucho con bastante frecuencia, al igual como veo las muestras de afecto y cariño, los abrazos y el tomarse de la mano sin importar si son niñas o niños, situación que no sucedía cuando yo asistía al kínder. Y esto lo están comunicando a sus padres, quienes, en el momento del evento, abrazaron a sus hijas e hijos, les dijeron “Te amo”, y eso es tan necesario como importante, porque debemos avanzar a nuevas formas de paternar, en donde la crianza con respeto y con amor sea el eje central de como se educa en casa.
