Liliana, Arcelia y el invencible verano de todas

Por Carlos Viscaya

Cristina Rivera Garza escribe en el Invencible verano de Liliana que “la presencia de los muertos nos acompaña en los minuciosos intersticios de los días”, en este tejido sobre la vida de Liliana Rivera Garza a partir de sus archivos epistolares y la memoria de la autora, se recupera el principio de libertad, de resistencia, de amor, de cariño que guio la vida de Liliana, sin dejar con ello de denunciar la violencia feminicida y el terrorismo de pareja que interrumpió la vida de Lili hace 31 años.

La lectura ha sido profundamente dolorosa, los propios duelos, las propias ausencias, esos intersticios de la memoria donde aparece los muertos; la vida de Liliana y la celebración de su amor, la potencia de la lucha de su hermana Cristina por recuperar la Carpeta de Investigación, el contexto feminicida de este país insostenible; las palabras que nombran y visibilizan; lectura dolorosa pero llena de amor.

Justo en esos intersticios de los días, en la memoria profunda de mi infancia, al leer sobre Liliana, recordé el feminicidio de la Señora Arcelia quien fue asesinada por su esposo Juan. En mi mente aparece una yuxtaposición de imágenes, un hilo de sangre roja en la enorme bajada donde las y los niños, mis vecinos, nos retábamos al riesgo de bajar a toda velocidad en nuestras bicicletas, patinetas y patines por la empinada colina en Iztapalapa; un hilo rojo recorriendo la pendiente, una sábana blanca, veladoras; llantos atravesados por allá, recuerdo el brazo de mi mamá tapándome los ojos, recuerdo la luz de la patrulla, la pistola enfundada de los policías, recuerdo el caos. 

Antes de ello recuerdo haber escuchado su nombre, Arcelia, amiga de mi madrina; antes de ello recuerdo a mi mamá preguntar sobre sus moretones; antes de ello recuerdo haber escuchado una plática sobre el violento Juan; antes de ello recuerdo escuchar del miedo; antes de ello recuerdo su cabello negro, largo, crespo. Arcelia. 

Particularmente recuerdo cómo mi mamá y mi madrina planearon una visita clandestina, la Señora Arcelia recién se había mudado, vivían más cerca y querían ver cómo estaba; recuerdo mi mano sujetada fuerte la mano de mi mamá mientras atravesábamos una puertecita de metal y luego bajamos una enorme escalera de metal, bajamos y bajamos; me recuerdo sentado en un sillón mientras ellas platicaban; también recuerdo la señal de salida, él venía, era tarde y teníamos que irnos, irnos antes de su llegada, irnos antes de que nos viera, recuerdo saber que si no lo hacíamos así le pegaría a la Señora Arcelia.  Recuerdo el miedo, la prisa. 

Después del hilo carmesí de su sangre, recuerdo estar sujetado a mi mamá y escuchar a las vecinas platicar de que habían sido él, el esposo; ella por fin había decidido dejarlo y salir del terror junto con sus hijos, adolescentes que iban a la secundaria; una mañana mientras ella los llevaba a la escuela unos pocos días después de anunciar su libertad, Juan llegó en una moto, se les atravesó en el camino y sacó una pistola. Recuerdo la conmoción, la tristeza, el miedo.

Recuerdo el camión de la funeraria en el que íbamos niñas, niños, vecinas y vecinos a despedir a la Señora Arcelia, recuerdo el panteón cerca de las pirámides de Teotihuacán, recuerdo llegar a la casa familiar de ella a continuar el rezo, frente a mí aparecen su hija e hijo, sentados con la cabeza agachada, recuerdo su llanto; recuerdo levantar la vista y ver detrás las pirámides, el cielo azul; recuerdo el Ave María y el regreso en silencio a casa.

Recuerdo el olvido, el gis en el piso desdibujado, recuerdo persignarnos al pasar por el lugar; luego apareció una cruz en la banqueta con su nombre, la fecha del inicio de su vida y la fecha del feminicidio.  Recuerdo que todos sabían quién era el feminicida, pero también recuerdo el rumor vecinal que decía que se había fugado y nadie sabía dónde estaba. 

Desde entonces ocasionalmente recuerdo el hilo rojo, recuerdo la veladora, desde entonces el recuerdo de la Señora Arcelia y su muerte aparecen en el pensamiento; como bien anota Cristina Rivera Garza la presencia de los muertos nos acompaña en los minuciosos intersticios de los días; pienso en ello, pienso en la tristeza arraigada al recuerdo de esa casa en Teotihuacán donde dos adolescentes despiden a su mamá.

En ese momento no había palabras para nombrar lo que había sucedido, nadie en mi círculo inmediato hablaba de violencia de género, las palabras aún no alcanzaban para nombrar la estructura patriarcal en todas sus dimensiones de la vida pública y privada. La memoria no me ha permitido recordar exactamente el año, he tratado de encontrar nombres completos, fechas, estoy seguro que fue entre el 94 y el 97, pronto volveré para buscar la cruz en la banqueta, con la esperanza de que esté y poder tener su nombre completo; que el olvido no les dé nunca ventaja a los feminicidas.

La señora Arcelia no murió, no fue un crimen pasional, la Señora Arcelia fue víctima de feminicidio.

Hoy las palabras permiten nombrar la violencia y avanzar en la lucha por la verdad y la justicia.

Liliana, Arcelia y el invencible verano de todas.

  • La foto que acompaña esta entrada es el retrato del presunto feminicida de Liliana, Ángel González Ramos, huyó desde julio de 1990 y sigue impune. Si alguien tiene información que pueda ayudar a su ubicación, puede escribir: elinvencibleveranodeliliana@gmail.com

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